Masticada diaria

  • Izquierda madrileña se disculpa con Sheinbaum y rompe con la narrativa colonial de Díaz Ayuso


El 10 de mayo de 2026, la coalición española Más Madrid envió una carta pública a Claudia Sheinbaum y al pueblo mexicano para deslindarse de la visita de Isabel Díaz Ayuso, a quien acusaron de usar recursos públicos para impulsar una agenda “ridícula”, “ignorante” y de ultraderecha durante su gira en México. La tensión creció después de que Ayuso reivindicara públicamente a Hernán Cortés y defendiera la narrativa de la Hispanidad, provocando protestas, cancelaciones de eventos y el recorte de su visita de diez a seis días.


La carta, firmada por la vocera de Más Madrid, Manuela Bergerot, sostiene que Ayuso no representa a toda la sociedad española y reivindica la relación histórica entre México y el exilio republicano español tras el franquismo. La polémica escaló tanto que incluso figuras culturales españolas como el grupo Mägo de Oz publicaron mensajes de disculpa hacia México por la actitud de la presidenta madrileña. Mientras Ayuso acusó al gobierno mexicano de sabotear su agenda, organizadores y autoridades negaron cualquier boicot y señalaron que varios actos fueron cancelados para evitar su uso político.


Aquí es donde se mastica la nota. Esto no va solo de una disculpa diplomática, va de una disputa por la memoria y por el relato entre dos formas de entender España y América Latina. La derecha de Ayuso intenta revivir una idea imperial donde la conquista se celebra y el pasado se maquilla; la izquierda madrileña responde recordando que también existe otra tradición española: la antifranquista, la republicana y la que encontró refugio en México. Tragarlo es verlo como pleito político entre gobiernos. Masticarlo es entender que la batalla cultural también se pelea sobre la historia, porque quien controla el relato del pasado intenta definir el poder del presente.


  • Gobiernos de Morena recortaron 50 días escolares en la última década


La decisión de la Secretaría de Educación Pública de modificar el calendario escolar 2025-2026 para adelantar el cierre del ciclo por el Mundial 2026 y las olas de calor abrió una crisis con maestros, especialistas y familias. La propuesta planteaba terminar clases el 5 de junio en lugar del 15 de julio, afectando a más de 29 millones de estudiantes de educación básica y media superior en todo el país. El ciclo escolar en 2015 era de 200 días mientras que ahora se plantea uno de 150.


Especialistas como Hugo Aboites y dirigentes magisteriales de la CNTE acusaron a la SEP de actuar con centralismo y sin construir consensos con docentes y comunidades escolares. También alertaron que un receso de casi tres meses impactaría directamente en el aprendizaje y en la vida cotidiana de millones de familias, particularmente en hogares encabezados por mujeres trabajadoras donde la escuela funciona también como espacio de cuidado, alimentación y convivencia. Incluso dentro del propio gobierno hubo contradicciones: mientras el secretario Mario Delgado presentó el ajuste como decisión tomada, Claudia Sheinbaum aclaró después que seguía siendo solo una propuesta.


Aquí es donde se mastica la nota. Esto no va solo de fútbol ni de vacaciones, va de cómo se toman las decisiones públicas y quién paga las consecuencias cuando se hacen desde arriba. Porque la escuela no es únicamente un lugar donde se imparten clases: es red de cuidados, alimentación, socialización y estabilidad para millones de familias trabajadoras. La crítica de fondo no es al Mundial, es a una lógica donde el sistema educativo parece adaptarse a los grandes eventos antes que a las necesidades de estudiantes y maestros. Tragarlo es verlo como ajuste administrativo. Masticarlo es entender que cuando se rompe el diálogo con la comunidad educativa, también se fractura la legitimidad del Estado para conducir la educación pública.


  • Trump revienta a Infantino y sus precios del Mundial 2026


Donald Trump criticó públicamente los precios del Mundial 2026 después de que boletos para partidos en Estados Unidos comenzaran a superar los 1,000 dólares en reventa y paquetes premium alcanzaran cifras de hasta 73 mil dólares para acceso corporativo y experiencias VIP. Durante un evento reciente en Washington, el presidente estadounidense dijo sobre las entradas: “yo tampoco pagaría eso”, en medio de crecientes críticas por el costo del torneo que organizarán Estados Unidos, México y Canadá.


El Mundial de 2026 será el más grande de la historia, con 48 selecciones, 104 partidos y una expectativa de más de 5 millones de asistentes, pero también con una estructura comercial mucho más agresiva que en ediciones anteriores. FIFA proyecta ingresos récord superiores a 13 mil millones de dólares para el ciclo mundialista, impulsados por hospitalidad premium, patrocinios y boletaje dinámico. Mientras tanto, aficionados y organizaciones de consumidores han advertido que la inflación de precios está expulsando a sectores populares del evento, especialmente en ciudades sede como Nueva York, Los Ángeles y Miami.


Aquí es donde se mastica la nota. Esto no va solo de boletos caros, va de cómo el futbol dejó de ser espacio popular para convertirse en producto financiero global. El problema no es que exista negocio alrededor del deporte; el problema es cuando la lógica corporativa termina expulsando a quienes hicieron grande al futbol: la gente. Porque mientras FIFA habla de “la fiesta del mundo”, el acceso real empieza a depender del nivel de ingreso. Tragarlo es verlo como oferta y demanda. Masticarlo es entender que incluso el deporte más popular del planeta está siendo reorganizado para el consumo de élites y corporativos.