Masticada diaria

  • Lumumba incomoda a la FIFA: la estatua viviente que metió al Congo en el centro del Mundial


En medio de un Mundial convertido en vitrina perfecta para patrocinadores, gobiernos anfitriones, marcas globales y transmisiones cuidadosamente producidas, apareció una imagen que la FIFA no puede controlar del todo: un hombre inmóvil, vestido como Patrice Lumumba, parado como estatua viviente durante los partidos de la República Democrática del Congo. Su nombre es Michel Kuka Mboladinga, conocido en redes como Lumumba VEA, y su presencia en las tribunas del Mundial 2026 se ha convertido en una de las intervenciones políticas más poderosas del torneo. No grita consignas. No despliega pancartas. No interrumpe el partido. Simplemente permanece ahí, quieto, como recordatorio viviente de una historia que el mundo suele preferir no mirar. 

Su figura incomoda a la FIFA porque recuerda la tragedia del Congo en un espacio diseñado para el entretenimiento global. Lumumba VEA reproduce la imagen del monumento dedicado en Kinshasa a Patrice Lumumba, líder anticolonial, primer ministro del Congo independiente en 1960, símbolo de la liberación africana y víctima de una de las operaciones políticas más oscuras del siglo XX. Lumumba fue depuesto y asesinado en 1961, en un crimen marcado por la intervención de potencias occidentales, particularmente Bélgica y Estados Unidos, que vieron en su proyecto soberanista una amenaza para sus intereses estratégicos en África. 

La potencia de esta estatua viviente está precisamente en su silencio.

Porque el Congo no llega al Mundial como una selección más. Llega cargando una historia de saqueo colonial, violencia extractiva y abandono internacional. Primero fue el dominio brutal del rey Leopoldo II de Bélgica, que convirtió el territorio congoleño en una empresa privada de explotación de caucho, marfil y cuerpos africanos. Después vino la colonización formal belga. Luego la independencia, el asesinato de Lumumba, las dictaduras, las guerras regionales y, en las últimas décadas, la disputa por minerales estratégicos como el coltán, el cobalto y el cobre, indispensables para teléfonos celulares, autos eléctricos, baterías y la economía tecnológica global.

En otras palabras: el Congo no es pobre por accidente.

El Congo fue empobrecido.

Y esa es la verdad que Lumumba VEA lleva a la tribuna.

Mientras la FIFA intenta presentar el Mundial como una fiesta neutral, su presencia recuerda que no existe neutralidad cuando el futbol reúne en un mismo escenario a países que han sido históricamente saqueados y a potencias que se beneficiaron de ese saqueo. El Mundial pretende suspender por noventa minutos las tensiones políticas del planeta, pero la realidad siempre se cuela por alguna grieta. Esta vez entró vestida de Patrice Lumumba.

La figura de Michel Kuka Mboladinga ya se había vuelto viral durante la Copa Africana de Naciones de 2025 en Marruecos, donde acompañó a la selección congoleña permaneciendo inmóvil durante los partidos. Para el Mundial 2026, su presencia adquirió una dimensión todavía mayor. Según reportó El País, no pudo estar en el debut de República Democrática del Congo contra Portugal en Houston por razones que no fueron aclaradas públicamente, lo que alimentó preguntas sobre restricciones migratorias y sobre el trato que reciben algunas delegaciones y aficionados africanos dentro del torneo organizado en Norteamérica. Finalmente llegó a México para el partido contra Colombia, donde fue recibido con afecto por aficionados mexicanos y colombianos. 

Ahí también hay una lectura importante. México recibió a Lumumba.

La FIFA lo tolera, pero no sabe qué hacer con él.

Porque su sola presencia rompe el guion oficial. No es la mascota simpática que vende playeras. No es el aficionado colorido que sirve para tomas de televisión. No es el folclor controlado que tanto le gusta al negocio del futbol. Es un recordatorio incómodo de que detrás de muchas selecciones hay historias de colonialismo, resistencia y violencia económica que no caben en los comerciales de cerveza ni en las campañas de “unidad” patrocinadas por corporaciones globales.

Lumumba VEA representa exactamente lo que el Mundial debería permitir y la FIFA suele intentar domesticar: memoria política popular en medio del espectáculo.

Porque el futbol no ocurre fuera del mundo.

Ocurre dentro de él.

Ocurre en países con desaparecidos, con desigualdad, con guerras, con desplazamientos, con pueblos saqueados y con memorias coloniales todavía abiertas. En México lo vimos con madres buscadoras manifestándose durante la inauguración. En Estados Unidos lo vimos con las restricciones migratorias a delegaciones y aficionados. Ahora lo vemos con un congoleño que decidió convertir su cuerpo en monumento para que el mundo recuerde a Lumumba y, con él, al Congo.

La incomodidad de la FIFA revela sus propios límites. Puede controlar derechos de transmisión, boletos, marcas, estadios, zonas comerciales y protocolos. Pero no puede controlar del todo el significado político que los pueblos llevan consigo cuando entran a una cancha.

Y quizá por eso la estatua viviente de Lumumba importa tanto.

Porque en un Mundial saturado de ruido, eligió el silencio.

Y en ese silencio dijo más sobre colonialismo, saqueo, memoria y dignidad que muchas ceremonias oficiales juntas.


  • Sheinbaum promete más obra pública sin endeudar al país: ¿es posible crecer con disciplina fiscal?


En un momento en que la economía mexicana muestra señales de desaceleración y la construcción continúa siendo uno de los sectores con mayor capacidad para generar empleo, la presidenta Claudia Sheinbaum aseguró que su gobierno mantendrá el ritmo de la obra pública sin incrementar el endeudamiento del país. El mensaje busca responder a una de las principales preocupaciones sobre el rumbo económico del sexenio: cómo financiar un ambicioso programa de infraestructura sin repetir los niveles de déficit registrados al cierre de la administración anterior. 

Durante su conferencia matutina del 25 de junio, Sheinbaum afirmó que la construcción seguirá siendo uno de los motores del crecimiento económico y destacó que proyectos como el programa Vivienda para el Bienestar acelerarán su ejecución durante el segundo semestre de 2026. También adelantó que la Secretaría de Hacienda presentará próximamente un informe detallado sobre el comportamiento de la economía y la estrategia fiscal del gobierno. 

La apuesta no es menor.

La construcción tiene un efecto multiplicador que pocos sectores pueden igualar. Cada carretera, línea ferroviaria, hospital, escuela o desarrollo habitacional moviliza cadenas completas de producción: acero, cemento, vidrio, transporte, ingeniería, servicios profesionales y miles de empleos directos e indirectos. Por eso, históricamente, la inversión pública ha sido una de las herramientas más utilizadas por los gobiernos para estimular la economía en periodos de bajo crecimiento.

Pero la otra cara de esa estrategia suele ser el financiamiento.

Construir infraestructura cuesta. Y cuando los ingresos públicos no alcanzan, muchos gobiernos recurren al endeudamiento. La administración de Sheinbaum sostiene que ese no será el camino. La intención es mantener las finanzas públicas bajo control, mejorar la recaudación, aumentar la eficiencia del gasto y utilizar los recursos presupuestales para financiar los proyectos prioritarios sin elevar la deuda pública. 

La promesa llega en un contexto complejo.

En 2024, el gobierno federal cerró con uno de los déficits fiscales más elevados de las últimas décadas, impulsado por la conclusión de grandes obras de infraestructura como el Tren Maya, el Corredor Interoceánico y diversos proyectos ferroviarios y energéticos. Desde el inicio de su administración, Sheinbaum y el secretario de Hacienda han insistido en que 2026 marcará el regreso a una trayectoria de consolidación fiscal, es decir, una reducción gradual del déficit sin frenar completamente la inversión pública. 

Desde una perspectiva económica, el equilibrio será delicado.

Reducir el déficit demasiado rápido puede desacelerar aún más la economía. Pero mantener déficits elevados durante muchos años también implica mayores costos financieros, presiones sobre la deuda y menor margen de maniobra frente a futuras crisis. El reto consiste precisamente en encontrar un punto medio: seguir invirtiendo donde la infraestructura genera crecimiento sin comprometer la estabilidad macroeconómica.

Y ahí aparece uno de los grandes debates del desarrollo mexicano.

Durante décadas, el país alternó entre dos extremos. En algunos periodos predominó la idea de que el Estado debía construir grandes obras públicas aun recurriendo al endeudamiento. En otros, especialmente tras la crisis de 1982, prevaleció una disciplina fiscal tan estricta que muchas inversiones estratégicas fueron postergadas durante años.

La administración de Sheinbaum intenta plantear una tercera ruta.

No abandonar la inversión pública, pero tampoco convertir la deuda en el principal instrumento para financiarla.

Desde una mirada chiclosa, la pregunta no debería ser únicamente si México puede construir sin endeudarse.

La pregunta más importante es qué tipo de infraestructura se está construyendo y quién termina beneficiándose de ella.

Porque no toda obra pública produce el mismo impacto. Hay proyectos que reducen desigualdades regionales, conectan comunidades aisladas, fortalecen la productividad y elevan la calidad de vida. Otros terminan siendo monumentos costosos con beneficios limitados.

Por eso la discusión no puede reducirse a una contabilidad fiscal.

Debe incluir una evaluación sobre el retorno social de cada peso invertido.

Si los nuevos trenes, carreteras, sistemas de vivienda y obras hidráulicas logran aumentar la productividad, reducir costos logísticos, generar empleos de calidad y mejorar el acceso a servicios públicos, la inversión tendrá efectos que irán mucho más allá de las cifras del presupuesto.

Pero si la infraestructura se convierte únicamente en una colección de inauguraciones, el debate sobre el endeudamiento será apenas una parte del problema.

La promesa de Sheinbaum es clara: seguir construyendo sin hipotecar las finanzas del país.

Ahora tocará demostrar que también es posible construir un desarrollo más incluyente.

Porque el éxito de la obra pública no se mide solamente por los kilómetros de vías o por el número de viviendas entregadas.

Se mide por la capacidad de transformar la vida de quienes las utilizan.


  • Los multimillonarios nunca habían sido tan ricos. Los trabajadores tampoco habían estado tan presionados.


Mientras millones de trabajadores estadounidenses enfrentan salarios que ya no alcanzan para cubrir el costo de vida, la riqueza de los multimillonarios continúa creciendo a un ritmo sin precedentes. Esa es la paradoja que retrata una investigación publicada por The Guardian: la economía más grande del mundo genera fortunas históricas para una élite cada vez más pequeña, mientras una parte creciente de la población vive al día, acumula deuda y pierde capacidad para sostener un nivel de vida digno. 

Los números ayudan a dimensionar el fenómeno. Estados Unidos cuenta hoy con 989 multimillonarios cuya riqueza conjunta alcanza los 9.2 billones de dólares, un incremento cercano al 32% respecto al año anterior. Nunca en la historia del país había existido semejante concentración de riqueza. Al mismo tiempo, alrededor del 45% de los trabajadores gana menos de 25 dólares por hora, mientras la deuda en tarjetas de crédito alcanzó un récord de 1.277 billones de dólares. Es decir, una parte de Estados Unidos acumula riqueza como nunca antes y otra acumula deuda para poder llegar al siguiente pago. 

La investigación recoge historias que ilustran esa contradicción. Gilberto Rubio trabaja varios empleos y aun así ha tenido que vivir dentro de su automóvil en distintos momentos. Jessica Ordeñana, después de décadas trabajando, asegura que no puede costear un sistema de aire acondicionado pese a las olas de calor cada vez más intensas. Son casos individuales, pero reflejan una tendencia estructural: trabajar ya no garantiza estabilidad económica. 

Y esa quizá sea la noticia más importante.

Durante buena parte del siglo XX existía un acuerdo implícito en las economías desarrolladas: si la productividad aumentaba, también lo harían los salarios y el bienestar de la mayoría. Ese vínculo comenzó a romperse hace décadas. Hoy la riqueza creada por la economía se concentra cada vez más en los propietarios del capital mientras la participación del trabajo en el ingreso nacional continúa disminuyendo. En Estados Unidos, la participación del trabajo en el PIB cayó recientemente hasta 53.8%, el nivel más bajo registrado. 

El contraste también aparece al observar las remuneraciones de los grandes ejecutivos.

Según el reportaje, el director ejecutivo de Starbucks recibió cerca de 98 millones de dólares en compensaciones durante 2024, mientras miles de trabajadores de la empresa continúan enfrentando salarios insuficientes y conflictos sindicales. No se trata únicamente de cuánto gana un director general. Se trata de la distancia cada vez mayor entre quienes toman las decisiones y quienes sostienen cotidianamente la operación de las empresas. 

Desde una perspectiva económica, la concentración de riqueza no es solamente un problema moral.

Es también un problema de funcionamiento del propio sistema.

Economistas como Gabriel Zucman llevan años advirtiendo que cuando una proporción creciente de la riqueza queda concentrada en muy pocas manos, disminuye la capacidad redistributiva del Estado, aumenta la influencia política de los grandes patrimonios y se debilita la competencia económica. Organizaciones como Oxfam han llegado a conclusiones similares: el crecimiento acelerado de las grandes fortunas durante los últimos años está acompañado por una concentración igualmente acelerada del poder político y económico. 

La reacción política ya comenzó.

En California, los votantes decidirán este año si aprueban un impuesto extraordinario del 5% sobre patrimonios superiores a mil millones de dólares. La propuesta ha dividido incluso al Partido Demócrata. Mientras sindicatos y organizaciones progresistas sostienen que la medida permitiría financiar salud, educación y programas sociales, diversos empresarios y dirigentes moderados advierten que podría incentivar la salida de grandes fortunas del estado. 

Desde una mirada chiclosa, el problema va mucho más allá de Estados Unidos.

México también vive una discusión sobre crecimiento económico, salarios y desigualdad. Nuestro país presume exportaciones récord, integración comercial con Norteamérica y estabilidad macroeconómica, pero millones de trabajadores siguen enfrentando largas jornadas, bajos ingresos y un costo de vida que crece más rápido que sus salarios.

La pregunta, entonces, no es únicamente cuánto crece una economía.

La pregunta es quién se queda con ese crecimiento.

Porque una economía puede producir más riqueza que nunca y, al mismo tiempo, hacer sentir a la mayoría que cada año vive peor.

Ese es el gran riesgo de nuestro tiempo.

Que la productividad siga aumentando, que las bolsas rompan récords, que las empresas reporten ganancias históricas y que los multimillonarios acumulen fortunas nunca vistas…

…mientras trabajar tiempo completo deje de ser suficiente para construir una vida digna.

Y cuando eso ocurre, la desigualdad deja de ser solamente un dato económico.

Se convierte en un problema democrático.

Porque una sociedad donde unos cuantos concentran cada vez más riqueza y millones sienten que el esfuerzo ya no alcanza, tarde o temprano empieza a preguntarse si las reglas del juego siguen funcionando para todos.