Masticada diaria
La crisis climática se juega en el mundial de futbol
Durante décadas se dijo que el cambio climático era un problema del futuro. Que sus efectos llegarían hacia finales de siglo y que todavía había tiempo para actuar. El Mundial de 2026 está demostrando exactamente lo contrario.
Un nuevo análisis del consorcio científico World Weather Attribution (WWA) concluye que el calor sofocante que afecta a varias sedes del Mundial no es simplemente producto del verano. Es consecuencia directa del calentamiento global provocado por la quema de combustibles fósiles. Según los investigadores, las condiciones de temperatura y humedad registradas durante el torneo son significativamente más probables e intensas debido al cambio climático causado por la actividad humana.
La advertencia no es menor.
El estudio señala que el partido de octavos de final entre Paraguay y Francia, disputado en Filadelfia, se programó bajo condiciones que superaban las recomendaciones médicas del sindicato internacional de futbolistas FIFPRO para la práctica segura del deporte. Ese mismo fin de semana, el Servicio Meteorológico Nacional de Estados Unidos emitió alertas por una intensa ola de calor que elevó los índices térmicos hasta entre 40.5 y 46 grados centígrados en diversas ciudades del Medio Oeste y la Costa Este, varias de ellas sedes mundialistas.
La preocupación no se limita a los jugadores.
Miles de aficionados permanecen durante horas bajo el sol antes de ingresar a los estadios, hacen filas para controles de seguridad, recorren zonas de aficionados y utilizan transporte público en ciudades donde las temperaturas han alcanzado niveles históricamente elevados. Aunque algunos estadios cuentan con sistemas de climatización, buena parte de la experiencia mundialista ocurre al aire libre.
Lo más preocupante es que esta situación ya había sido anticipada.
Hace apenas unas semanas, otro informe del mismo grupo de científicos advirtió que 26 de los 104 partidos del Mundial podrían disputarse bajo condiciones de calor consideradas peligrosas según el índice WBGT (Wet Bulb Globe Temperature), una medida que combina temperatura, humedad, radiación solar y viento para estimar el estrés térmico sobre el cuerpo humano. En al menos cinco encuentros, las condiciones podrían alcanzar niveles donde FIFPRO recomienda incluso suspender o posponer los partidos.
Sin embargo, la FIFA mantiene un criterio distinto.
Actualmente el organismo contempla pausas de hidratación y otras medidas de mitigación, pero no existe una regla automática que obligue a suspender un partido por calor extremo. Esa diferencia entre las recomendaciones médicas y los protocolos deportivos ha abierto un debate creciente sobre si el calendario internacional del futbol sigue respondiendo a las nuevas condiciones climáticas del planeta.
Desde una perspectiva chiclosa, la noticia va mucho más allá del deporte.
Durante años el cambio climático se presentó como una discusión técnica sobre emisiones, acuerdos internacionales o metas de carbono para 2050. Hoy ya no hace falta observar un glaciar derritiéndose para entender sus efectos.
Basta con mirar un partido de futbol.
El Mundial, probablemente el espectáculo deportivo más visto del planeta, está comenzando a sufrir las consecuencias de un clima que ya no se parece al de hace treinta años. Los científicos recuerdan que casi la mitad del calentamiento global provocado por la humanidad ha ocurrido desde el Mundial de Estados Unidos de 1994. Es decir, buena parte del futbol moderno se ha desarrollado mientras el planeta cambiaba aceleradamente bajo nuestros pies.
Y esto apenas comienza.
Los modelos climáticos muestran que, si las emisiones continúan creciendo, organizar grandes eventos deportivos durante el verano en el hemisferio norte será cada vez más complicado. Más sedes enfrentarán olas de calor, más partidos requerirán cambios de horario y más infraestructura tendrá que adaptarse para proteger tanto a deportistas como a espectadores.
Paradójicamente, el futbol siempre ha presumido ser "el deporte del pueblo".
Pero son precisamente los aficionados quienes más expuestos quedan frente al calor extremo. Quienes no cuentan con palcos climatizados, quienes esperan horas bajo el sol, quienes viajan en transporte público y quienes convierten las plazas y fan fests en verdaderos hornos urbanos durante cada partido.
La crisis climática ya no amenaza únicamente a los osos polares o a los arrecifes de coral.
Está modificando la forma en que trabajamos, estudiamos, producimos alimentos... y también la forma en que vivimos el deporte más popular del planeta.
Quizá ese sea el mensaje más poderoso de este Mundial.
Que el cambio climático dejó de ser una noticia ambiental.
Ahora también es una noticia deportiva.
Y cuando incluso el futbol comienza a cambiar por culpa del calentamiento global, resulta cada vez más difícil seguir diciendo que todavía hay tiempo para esperar.
Francia cuenta sus caídos: la ola de calor ya no es una anomalía, es una crisis de salud pública
Francia acaba de ponerle números a una de las verdades más incómodas de la crisis climática: el calor mata. Durante la semana del 22 al 28 de junio de 2026, en pleno pico de una ola de calor histórica, el país registró 8 mil 973 muertes, un aumento de 2 mil 025 fallecimientos respecto a la semana anterior. En términos simples: la mortalidad subió alrededor de 30% en apenas unos días.
La cifra fue reportada por Santé Publique France, la agencia nacional de salud pública, y todavía es preliminar. Las autoridades advirtieron que el conteo podría aumentar conforme se integren más registros de defunciones ocurridas en hogares, hospitales y residencias de adultos mayores. El golpe fue especialmente fuerte entre personas mayores de 65 años, pero también hubo un incremento visible entre adultos de 45 a 64 años.
El dato más brutal quizá no está sólo en el total de muertes, sino en dónde ocurrieron.
Las defunciones en hogares privados casi se duplicaron durante esa semana. En la región de París, la más afectada del país, las muertes aumentaron más de 60%. También hubo incrementos en hospitales y residencias de adultos mayores, lo que confirma que el calor extremo no es únicamente un problema meteorológico: es una prueba de estrés para todo el sistema de cuidados.
Francia ya conoce esta historia.
En 2003, una ola de calor provocó cerca de 15 mil muertes en el país y obligó a replantear sus protocolos de emergencia. Desde entonces se han creado alertas, planes de vigilancia, refugios climáticos y campañas para proteger a la población vulnerable. Pero la ola de junio de 2026 muestra que esos mecanismos, aunque necesarios, siguen siendo insuficientes frente a un clima que cambia más rápido que la capacidad institucional para adaptarse.
El fenómeno no se limitó a Francia.
Reuters reportó al menos 3 mil 700 muertes en exceso durante la ola de calor en Francia, Bélgica y Países Bajos. Bélgica registró cerca de 1 mil 200 muertes adicionales, mientras Países Bajos reportó alrededor de 480, principalmente entre personas mayores. Es decir, Europa no vivió simplemente una semana calurosa. Vivió una emergencia sanitaria continental.
Y aquí está la parte que hay que masticar.
Durante mucho tiempo, el cambio climático se comunicó como una amenaza ambiental: glaciares, osos polares, incendios forestales, sequías lejanas. Pero lo que está pasando en Europa demuestra que la crisis climática ya es también una crisis de salud pública, de vivienda, de desigualdad urbana y de cuidados.
Porque no todos enfrentan el calor de la misma manera.
No es lo mismo vivir una ola de calor en un departamento bien aislado, con aire acondicionado y acceso a servicios médicos, que enfrentarla en un cuarto mal ventilado, en una residencia saturada, en una vivienda social sin sombra o trabajando al aire libre. El calor extremo desnuda desigualdades que ya existían, pero las vuelve letales.
También revela una paradoja europea.
Durante décadas, buena parte de las ciudades del continente fueron diseñadas para conservar calor. Viviendas pensadas para inviernos fríos, transporte público no siempre adaptado a temperaturas extremas, escuelas sin ventilación adecuada, hospitales presionados por envejecimiento poblacional y barrios urbanos donde el concreto multiplica el calor. El problema es que el clima para el que se construyó Europa ya no es el clima que Europa está viviendo.
El verano dejó de ser una estación.
Se está convirtiendo en una amenaza.
Desde una perspectiva chiclosa, la noticia debería importarnos también en México.
Porque si una de las regiones más ricas del planeta, con sistemas de salud robustos y capacidad institucional, ve aumentar sus muertes 30% durante una semana de calor extremo, ¿qué podemos esperar en ciudades mexicanas con desigualdad urbana, transporte saturado, trabajadores informales al aire libre y sistemas de salud bajo presión?
La crisis climática no va a llegar igual para todos.
Va a golpear primero y más fuerte a quienes menos recursos tienen para protegerse.
Por eso hablar de calor extremo no puede reducirse a recomendaciones individuales como “tome agua” o “no salga al sol”. Claro que esas medidas importan. Pero el problema de fondo exige otra escala de respuesta: viviendas adaptadas, sombra urbana, refugios climáticos, horarios laborales flexibles, sistemas de alerta, transporte seguro, protección para adultos mayores y una política pública que entienda que el calor ya mata.
Francia acaba de contar más de dos mil muertes adicionales en una semana.
Ese número debería sonar como una alarma global.
Porque la crisis climática ya no está tocando la puerta.
Está entrando por la ventana, elevando la temperatura de las ciudades y cobrando vidas en silencio.
Y cuando el calor empieza a matar dentro de las casas, la pregunta ya no es si el cambio climático existe.
La pregunta es cuántas muertes más necesita el mundo para dejar de tratarlo como una advertencia y empezar a tratarlo como una emergencia.
Trump celebra los 250 años de su país con una oda a su persona
Donald Trump volvió a convertir un símbolo nacional en una extensión de su propia marca. Como parte de las celebraciones por los 250 años de la independencia de Estados Unidos, su gobierno presentó una edición limitada del pasaporte estadounidense que incluye una imagen del presidente dentro del documento, junto a referencias a la Declaración de Independencia y a los llamados Padres Fundadores.
El detalle podría parecer anecdótico, pero no lo es.
Un pasaporte no es una gorra de campaña ni un souvenir presidencial. Es uno de los documentos más importantes de un Estado. Representa ciudadanía, pertenencia nacional, identidad jurídica y soberanía. Por eso resulta tan inquietante que, en lugar de reforzar símbolos republicanos compartidos, el gobierno de Trump haya decidido insertar la figura del presidente en un documento que debería pertenecer a todos los ciudadanos, no a un movimiento político ni a un líder en turno.
La edición conmemorativa, promovida como parte de las celebraciones America250 y Freedom250, forma parte de una estrategia más amplia: convertir el aniversario de la independencia estadounidense en una enorme plataforma de propaganda personal. No se trata sólo del pasaporte. También se han anunciado eventos masivos, productos conmemorativos, monedas, espectáculos y actos públicos donde el nombre, la imagen y la estética trumpista ocupan un lugar cada vez más central.
Estados Unidos nació, al menos en su relato fundacional, contra la monarquía. Su independencia se construyó sobre la idea de que ningún gobernante debía colocarse por encima de la república. Dos siglos y medio después, el presidente que más presume defender la grandeza estadounidense utiliza esa conmemoración para ponerse a sí mismo dentro de los símbolos del Estado.
Es la idea de que la nación puede confundirse con el líder. Que el Estado puede convertirse en marca personal. Que la historia colectiva puede reorganizarse alrededor de una figura política que se presenta no como administrador temporal del poder, sino como encarnación del país.
Ese es precisamente el riesgo de los populismos autoritarios contemporáneos. No siempre comienzan cerrando congresos o cancelando elecciones. A veces empiezan alterando símbolos, renombrando instituciones, llenando espacios públicos con la imagen del líder y normalizando la idea de que la lealtad a la patria pasa por la lealtad a una persona.
El pasaporte con la imagen de Trump no cambia por sí solo el funcionamiento de la democracia estadounidense. Pero sí revela hacia dónde quiere empujarla su movimiento: hacia una política donde la frontera entre Estado, partido, gobierno y líder se vuelve cada vez más borrosa.
La pregunta no es si una edición limitada de pasaportes puede destruir una república. La pregunta es cuántas veces puede una república permitir que sus símbolos sean apropiados por un solo hombre antes de empezar a parecerse menos a una democracia y más a un culto político con sello oficial.
Porque la independencia de Estados Unidos no se celebraba para recordar a Trump, se celebraba para recordar que ningún gobernante debería sentirse dueño de la nación.



