Masticada diaria
Bloqueo estadounidense desprotegió a Venezuela ante los terremotos
Durante años, el debate sobre las sanciones económicas contra Venezuela se ha presentado casi exclusivamente como una discusión geopolítica: presión diplomática, democracia, derechos humanos o cambio de régimen. Sin embargo, un estudio presentado esta semana vuelve a colocar el foco sobre una pregunta distinta: ¿qué ocurre con la población cuando el principal ingreso de un país queda prácticamente paralizado?
La respuesta es contundente. De acuerdo con una investigación difundida durante un foro internacional sobre salud pública, el bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos provocó un colapso progresivo del sistema sanitario venezolano al reducir drásticamente los ingresos del Estado y limitar la capacidad del país para importar medicamentos, equipo médico, combustibles e insumos esenciales para hospitales.
El petróleo no representa únicamente una fuente de exportaciones para Venezuela, representa el corazón de sus finanzas públicas.
Históricamente, más del 90% de las divisas que ingresaban al país provenían de las exportaciones petroleras. Cuando Washington endureció las sanciones financieras y posteriormente las restricciones al sector energético entre 2017 y 2019, el efecto no se limitó a Petróleos de Venezuela (PDVSA). La caída de los ingresos terminó afectando prácticamente toda la capacidad del Estado para financiar servicios públicos.
Los efectos comenzaron a sentirse rápidamente en el sector salud.
Hospitales con dificultades para mantener plantas eléctricas funcionando, escasez de medicamentos oncológicos, interrupciones en tratamientos de diálisis, falta de reactivos de laboratorio, problemas para adquirir vacunas y limitaciones para importar equipos médicos se convirtieron en parte de una crisis que distintas agencias internacionales documentaron durante años. Incluso productos formalmente exentos de las sanciones, como alimentos y medicinas, enfrentaron obstáculos indirectos derivados de las restricciones financieras, las dificultades para realizar pagos internacionales y el temor de bancos y proveedores a ser sancionados por operar con Venezuela.
Sin embargo, el tema sigue siendo profundamente controvertido.
Diversos economistas y organismos internacionales coinciden en que las sanciones agravaron la emergencia humanitaria. Pero también existe un amplio consenso en que la crisis venezolana comenzó antes del endurecimiento de las sanciones, impulsada por factores como la caída de la producción petrolera, problemas de gestión en PDVSA, corrupción, controles económicos, inflación y deterioro institucional. Incluso informes de la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno de Estados Unidos (GAO) y análisis de economistas venezolanos sostienen que ambos factores —la mala administración interna y las sanciones— contribuyeron al deterioro del sistema sanitario y de la economía.
Esa distinción importa.
Porque reducir toda la crisis venezolana exclusivamente al bloqueo sería ignorar problemas estructurales que existían desde años antes.
Pero negar que las sanciones tuvieron consecuencias humanitarias también resulta difícil de sostener frente a la evidencia acumulada.
La propia administración estadounidense ha terminado reconociéndolo de manera indirecta.
Tras los terremotos que sacudieron Venezuela la semana pasada, el Departamento del Tesoro suspendió temporalmente parte de las sanciones económicas para facilitar la llegada de ayuda internacional y permitir operaciones relacionadas con las labores de rescate. La decisión refleja un reconocimiento práctico de que ciertas restricciones podían obstaculizar la respuesta humanitaria en medio de una emergencia.
Desde una perspectiva chiclosa, el caso venezolano reabre una discusión que suele quedar eclipsada por la confrontación ideológica.
Las sanciones económicas se presentan frecuentemente como una alternativa menos violenta que una intervención militar.
Pero eso no significa que sean inocuas.
Cuando una economía altamente dependiente de un solo producto pierde acceso a mercados, financiamiento internacional y capacidad de exportación, quienes primero resienten el impacto no suelen ser las élites políticas.
Son los hospitales que dejan de recibir medicamentos.
Los pacientes que interrumpen tratamientos.
Las ambulancias que no encuentran combustible.
Y las familias que terminan pagando el costo cotidiano de decisiones tomadas muy lejos de ellas.
Eso no exime de responsabilidad a los gobiernos nacionales por sus errores, actos de corrupción o malas decisiones económicas.
Pero sí obliga a reconocer una realidad incómoda.
Las sanciones económicas nunca son solamente una herramienta diplomática.
También son una política con consecuencias sociales.
Y cuando esas consecuencias alcanzan el derecho a la salud, la discusión deja de ser únicamente geopolítica.
Se convierte en una discusión profundamente humana.
El caso venezolano demuestra que las sanciones pueden convertirse en un arma de presión internacional.
La pregunta que sigue abierta es si, cuando terminan debilitando hospitales más rápido que gobiernos, realmente cumplen el objetivo para el que fueron diseñadas o si acaban castigando principalmente a la población que dicen querer proteger.
Camiseta de selección mexicana es la más vendida en el mundo
En un Mundial donde las grandes marcas compiten tanto fuera como dentro de la cancha, Adidas confirmó que la camiseta de la Selección Mexicana se ha convertido en la más vendida entre todas las selecciones nacionales que patrocina en el mundo. El uniforme del Tri superó en ventas a potencias futbolísticas como Alemania, España, Argentina e Italia, consolidándose como el producto estrella de la compañía durante la Copa del Mundo de 2026.
La noticia no sorprende del todo.
México lleva décadas siendo uno de los mercados futbolísticos más grandes del planeta. Con una población superior a los 130 millones de habitantes, una enorme diáspora en Estados Unidos y una cultura futbolera profundamente arraigada, el potencial comercial de la Selección Mexicana va mucho más allá de los resultados deportivos. Pero el Mundial organizado en casa terminó por convertir esa pasión en un fenómeno global de consumo.
De acuerdo con Adidas, la camiseta verde lanzada para el Mundial 2026 rompió todos los pronósticos de ventas y se convirtió en el uniforme nacional más exitoso de su portafolio. Incluso cadenas deportivas europeas como JD Sports reportaron que el jersey mexicano desplazó a los de selecciones tradicionalmente dominantes en el mercado internacional.
Hay varias razones detrás de ese éxito.
La primera es deportiva. México llega a la fase de eliminación directa con una actuación histórica: tres victorias en tres partidos, nueve puntos y ningún gol recibido. Ese rendimiento disparó todavía más el entusiasmo de la afición.
La segunda es estética.
El uniforme diseñado por Adidas recupera elementos clásicos del futbol mexicano y el color verde, ausente durante algunos años como uniforme principal, volvió a convertirse en un símbolo de identidad nacional. Muchos aficionados lo interpretaron como un regreso a la tradición, mientras otros simplemente encontraron en el diseño una prenda atractiva más allá del futbol.
Pero existe una tercera explicación que va mucho más allá del deporte.
México no sólo consume futbol.
México consume identidad.
Cada Copa del Mundo se convierte en una oportunidad para expresar pertenencia nacional en un país donde pocas cosas logran reunir a millones de personas bajo un mismo símbolo. La camiseta deja de ser únicamente una prenda deportiva y se transforma en una bandera portátil.
Desde una perspectiva chiclosa, ahí aparece una contradicción interesante.
Mientras Adidas celebra ventas récord y la FIFA presume un Mundial históricamente exitoso en términos comerciales, millones de mexicanos siguen sin poder comprar la camiseta oficial.
El precio de un jersey original oscila entre 2,299 y casi 3,000 pesos para las versiones de jugador, una cifra equivalente a más de diez días de salario mínimo en México. Para muchas familias, vestir la camiseta oficial representa un lujo. No es casualidad que durante el Mundial hayan proliferado mercados populares, talleres textiles y vendedores ambulantes ofreciendo versiones no oficiales por una fracción del costo.
Paradójicamente, esa economía informal también forma parte del fenómeno.
Porque la pasión futbolera no desaparece cuando los precios excluyen.
Simplemente encuentra otras formas de expresarse.
Lo vimos con Merlín, el pato vestido con la camiseta mexicana que se convirtió en símbolo viral del torneo. Lo vimos en Tepito, La Merced y cientos de mercados donde familias completas compran versiones accesibles para poder participar de la fiesta mundialista. Lo vimos incluso en mascotas, perros y gatos vistiendo los colores nacionales. El sentimiento de pertenencia termina desbordando al propio mercado formal.
Y quizá ahí está la mejor noticia para México.
Porque aunque Adidas sea quien venda la camiseta, el significado de esa camiseta sigue perteneciendo a la gente.
No importa si es original o una réplica comprada en el mercado.
No importa si costó tres mil pesos o trescientos.
Lo que realmente se está comprando no es únicamente una prenda.
Se está comprando la posibilidad de sentirse parte de una historia colectiva.
La historia de un país que hoy sueña con romper, por fin, la barrera que durante décadas pareció inalcanzable en los Mundiales.
Y esa historia vale mucho más que cualquier estrategia de mercadotecnia.
Porque las marcas pueden fabricar camisetas.
Pero el orgullo de un país sólo puede construirlo su gente.
Quizá por eso la camiseta de México es hoy la más vendida del mundo.
No porque Adidas haya hecho el mejor negocio.
Sino porque, durante unas semanas, millones de mexicanos decidieron ponerse la misma ilusión.
México causa sensación en China
Mientras buena parte de la conversación entre México y China suele concentrarse en comercio, inversiones, autos eléctricos o tensiones geopolíticas con Estados Unidos, en Pekín está ocurriendo algo distinto. Miles de personas hacen fila para conocer una de las civilizaciones que dieron origen a México.
La exposición "Maíz-Oro-Jaguar: Gran exposición de las antiguas civilizaciones maya y andina", inaugurada el 18 de mayo de 2026 en el Museo de la Capital de Pekín, se ha convertido en uno de los mayores éxitos culturales internacionales del año. La muestra reúne más de 800 piezas arqueológicas, de las cuales 384 provienen de México, y permanecerá abierta hasta el 18 de octubre. De acuerdo con sus organizadores, ya ha recibido alrededor de 80 mil visitantes y constituye la exposición internacional "más ambiciosa y de mayor escala" organizada por el museo desde su apertura hace casi una década.
Pero el verdadero valor de esta exposición no está solamente en la cantidad de piezas.
Está en la conversación que provoca.
El recorrido comienza con la civilización maya. Objetos provenientes de sitios como Calakmul, Chichén Itzá y otros centros ceremoniales muestran los avances científicos, artísticos y astronómicos alcanzados por una cultura que floreció mucho antes de la llegada de los europeos a América. Entre las piezas más admiradas se encuentra la célebre máscara funeraria de jade de Calakmul, además de esculturas monumentales, incensarios, vasijas ceremoniales y representaciones de la ceiba, el árbol sagrado que articula la cosmovisión maya.
Lo que ha sorprendido al público chino es la cantidad de paralelismos culturales.
Uno de los elementos más comentados es la comparación entre Kukulkán, la serpiente emplumada de los mayas, y el dragón de la tradición china. Para muchos visitantes, ambas figuras representan fuerzas protectoras ligadas al conocimiento, la naturaleza y el equilibrio cósmico, muy lejos de la imagen del dragón como criatura maligna que predominó en buena parte de la tradición europea. Investigadores chinos también destacan semejanzas entre las concepciones cosmológicas, los calendarios, el simbolismo agrícola y el papel de los ciclos naturales dentro de ambas civilizaciones.
Desde luego, eso no significa que existiera un contacto histórico entre China y los mayas.
La mayoría de la comunidad académica descarta esa posibilidad.
Lo interesante es otra cosa.
Civilizaciones que evolucionaron completamente separadas por miles de kilómetros desarrollaron respuestas sorprendentemente similares a preguntas fundamentales sobre el universo, el tiempo, la naturaleza y el papel del ser humano dentro del cosmos.
Eso explica por qué la exposición no se limita a mostrar objetos arqueológicos.
Busca establecer un diálogo entre dos de las grandes civilizaciones de la historia.
Y ahí aparece una noticia mucho más importante para México.
Durante décadas, el país construyó buena parte de su política exterior alrededor de Estados Unidos y Europa. Sin embargo, el siglo XXI está desplazando progresivamente el centro económico y cultural hacia Asia. En ese contexto, el patrimonio histórico mexicano adquiere un nuevo valor estratégico. No únicamente como atractivo turístico, sino como instrumento de diplomacia cultural.
China ya no observa a México solamente como socio comercial.
También comienza a descubrirlo como una potencia civilizatoria.
Desde una perspectiva chiclosa, esa es probablemente la historia más interesante.
Con frecuencia reducimos nuestra identidad internacional al mariachi, los tacos, el tequila o las playas.
Todo eso forma parte de México.
Pero también lo son las matemáticas mayas, la arquitectura monumental, la astronomía prehispánica, los sistemas agrícolas, las ciudades planificadas y una de las tradiciones culturales más antiguas del continente americano.
Mientras muchas potencias construyen influencia exportando tecnología, armamento o capital financiero, México posee otro tipo de poder.
Un poder mucho más antiguo.
El de una civilización capaz de seguir despertando admiración a más de 13 mil kilómetros de distancia.
Quizá por eso la imagen que más sorprende a los visitantes chinos no sea una pieza de jade ni una escultura monumental.
Es el descenso de la sombra de Kukulkán sobre las escalinatas de Chichén Itzá durante los equinoccios.
Porque incluso en la otra punta del mundo resulta difícil no asombrarse cuando una civilización demuestra que hace más de mil años ya comprendía con precisión el movimiento del Sol, el paso del tiempo y la relación entre el cielo y la Tierra.
En un momento donde la política internacional parece girar únicamente alrededor de aranceles, guerras comerciales y competencia tecnológica, la exposición de Pekín recuerda algo que a veces olvidamos.
Los países también construyen influencia a través de su cultura.
Y México posee una de las más poderosas del planeta.


