Masticada diaria
México hace historia: nueve puntos, tres triunfos y el sueño de romper la maldición del quinto partido
La Selección Mexicana cerró una fase de grupos perfecta en la Copa del Mundo de 2026. Con una contundente victoria de 3-0 sobre la República Checa en el Estadio Banorte de la Ciudad de México, el equipo dirigido por Javier Aguirre terminó como líder absoluto del Grupo A con nueve puntos de nueve posibles, tres victorias, cero derrotas y sin recibir un solo gol. Nunca antes México había completado una fase de grupos mundialista con paso perfecto. 
Los goles de Mateo Chávez, Julián Quiñones y Álvaro Fidalgo sellaron una actuación que fue de menos a más. Durante la primera mitad, la República Checa consiguió contener a un equipo mexicano que ya tenía asegurado el liderato del grupo, pero en el complemento el Tri impuso condiciones con un ritmo mucho más alto, aprovechando la velocidad por las bandas y el talento de una nueva generación que comienza a consolidarse como el rostro del futbol mexicano. 
Más allá del marcador, el dato verdaderamente histórico son los nueve puntos.
México había superado la fase de grupos en ocho de los últimos nueve Mundiales, pero nunca lo había hecho con tres victorias. Ni la generación de 1970 encabezada por Enrique Borja, ni la de 1986 con Hugo Sánchez, ni la de 1994 con Jorge Campos, ni la de 1998 con Luis Hernández, ni la de 2014 con Guillermo Ochoa lograron cerrar una primera ronda con marca perfecta. Esta selección acaba de escribir una página inédita en la historia del futbol mexicano. 
El otro dato que alimenta la ilusión es el aspecto defensivo.
México terminó la fase de grupos sin recibir un solo gol, algo que no conseguía desde el Mundial de 1970, también organizado en casa. En un torneo donde las potencias suelen construirse desde el equilibrio antes que desde el espectáculo, mantener el arco en cero durante tres partidos consecutivos representa una carta de presentación importante rumbo a la fase de eliminación directa. 
También fue una noche cargada de simbolismo.
Guillermo Ochoa sumó una nueva participación mundialista, consolidándose como una de las figuras más importantes en la historia reciente de la selección. Al mismo tiempo, jóvenes como Gilberto Mora y Mateo Chávez mostraron que el relevo generacional ya no es una promesa sino una realidad. La combinación entre experiencia y juventud parece haber encontrado un equilibrio que durante años se le exigió al futbol mexicano. 
Desde una perspectiva chiclosa, el triunfo también tiene una dimensión nacional.
En un Mundial organizado por México, Estados Unidos y Canadá, el equipo mexicano no solamente avanzó. Lo hizo encabezando su grupo y demostrando que el futbol puede seguir siendo uno de los pocos espacios capaces de construir una narrativa colectiva en un país profundamente polarizado. Durante noventa minutos desaparecen las diferencias partidistas, los debates ideológicos y las discusiones cotidianas. Millones de personas vuelven a encontrarse alrededor de una misma camiseta.
Pero la historia también invita a la prudencia.
El futbol mexicano ha construido buena parte de su identidad reciente sobre fases de grupos exitosas. El verdadero desafío comienza ahora. Durante décadas, la famosa barrera del “quinto partido” se convirtió en el gran trauma deportivo nacional. La expansión del Mundial a 48 selecciones modificó el formato y ahora el primer reto será superar los dieciseisavos de final, donde México enfrentará a uno de los mejores terceros lugares de los grupos C, E, F, H o I. 
La diferencia es que esta vez el contexto parece distinto.
México llega invicto, con nueve puntos, líder de grupo, sin goles recibidos y con la mejor fase de grupos de toda su historia mundialista.
El reto ya no es demostrar que puede competir.
El reto es demostrar que este Mundial puede ser, por fin, el torneo donde el futbol mexicano deje de conformarse con hacer historia en la primera ronda y empiece a escribir una historia mucho más grande.
Porque ganar los tres partidos de la fase de grupos ya es histórico.
Ahora falta descubrir si también es el comienzo de algo extraordinario.
Trump descubre que las petroleras también especulan: gasolina cara, guerra propia y campaña encima
Donald Trump ordenó al Departamento de Justicia investigar a las grandes petroleras de Estados Unidos porque, según él, los precios de la gasolina no han bajado al mismo ritmo que el precio internacional del petróleo. El presidente acusó a empresas como ExxonMobil y Chevron de mantener márgenes elevados pese a la caída reciente del crudo y afirmó que los consumidores están siendo “estafados” en las gasolineras. La instrucción llega en un momento políticamente delicado: la gasolina sigue siendo uno de los precios más sensibles para los hogares estadounidenses y una de las variables que más rápido golpean la aprobación presidencial. 
El reclamo tiene una parte real. El petróleo cayó de forma importante después de la desescalada entre Estados Unidos e Irán y la reanudación del tránsito energético por el estrecho de Ormuz, pero la gasolina no bajó con la misma velocidad. Reuters reportó que el crudo había caído alrededor de 36% desde su pico de mayo, mientras el precio promedio de la gasolina seguía cerca de 3.93 dólares por galón, muy por encima de los 2.76 dólares registrados en enero. 
Pero aquí empieza la parte que Trump no quiere masticar.
La gasolina no baja automáticamente cuando baja el petróleo porque el precio final depende de refinerías, inventarios, distribución, impuestos, demanda estacional y márgenes de comercialización. Especialistas citados por AP explican que la cadena de suministro tarda semanas o meses en absorber cambios bruscos del mercado y que todavía persisten disrupciones derivadas de la guerra en Medio Oriente. 
Es decir, Trump tiene razón en señalar que las petroleras pueden capturar márgenes altos cuando el mercado se mueve a su favor. Pero omite algo central: él mismo ayudó a crear la volatilidad que hoy encarece la energía. Su guerra con Irán, los ataques en Medio Oriente y el riesgo sobre Ormuz elevaron los precios del petróleo y metieron presión sobre toda la cadena energética. Ahora que el costo político llegó a las gasolineras, el presidente intenta convertir a las petroleras en villanas únicas de una película que también escribió la Casa Blanca.
La ironía es brutal.
Durante años, Trump defendió a la industria fósil como símbolo de libertad económica, poder nacional y rechazo a la transición energética. Prometió perforar más, producir más y liberar a las empresas de regulaciones ambientales. Pero cuando esas mismas empresas actúan bajo la lógica del mercado que él defiende, maximizando ganancias y trasladando costos a los consumidores, Trump descubre de pronto que el libre mercado puede parecerse mucho a una estafa.
No es que las petroleras sean inocentes.
La industria energética estadounidense ha acumulado ganancias extraordinarias en distintos ciclos de crisis, especialmente cuando eventos geopolíticos disparan precios y permiten ampliar márgenes. Pero la respuesta de Trump no parece una política energética estructural. Parece una maniobra política para desplazar responsabilidades antes de que el malestar económico golpee las elecciones intermedias.
Y ahí está el centro de la nota.
Trump no está cuestionando el modelo energético fósil. No está proponiendo reducir la dependencia de los automóviles. No está construyendo una alternativa de transporte público. No está impulsando una transición energética que proteja a las familias frente a la volatilidad del petróleo. Está pidiendo investigar por qué las empresas no bajan precios después de haber defendido durante años un sistema donde esas empresas tienen poder suficiente para hacer exactamente eso.
Desde una mirada chiclosa, el episodio muestra una contradicción central del trumpismo económico: quiere los beneficios políticos del mercado cuando los precios bajan, pero necesita encontrar culpables cuando el mercado castiga a sus propios votantes.
La gasolina cara no es sólo un problema de coyuntura. Es el resultado de un modelo energético que deja la vida cotidiana de millones de personas amarrada a decisiones de corporaciones petroleras, guerras lejanas, refinerías saturadas y rutas marítimas militarizadas.
Trump ordena investigar.
Pero quizá la investigación más incómoda sería otra: por qué Estados Unidos, la economía más poderosa del planeta, sigue dependiendo tanto de un sistema energético donde una guerra, un cuello de botella o una decisión corporativa pueden encarecer de golpe la vida de millones de trabajadores.
Porque cuando el petróleo sube, pagan las familias.
Cuando baja, las petroleras deciden si comparten el alivio.
Y cuando llega el costo político, Trump busca a quién culpar.
México vuelve a tender la mano: Sheinbaum envía rescatistas a Venezuela tras los devastadores terremotos
En medio de una de las peores tragedias naturales que ha vivido Venezuela en décadas, el gobierno de México anunció el envío inmediato de un equipo especializado de rescatistas y personal de sanidad para apoyar las labores de búsqueda, atención médica y rescate de sobrevivientes. La presidenta Claudia Sheinbaum informó que el contingente partirá este mismo día hacia territorio venezolano como respuesta a la solicitud de apoyo realizada por las autoridades de ese país, después de que dos terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 sacudieran la región norte de Venezuela con apenas segundos de diferencia. 
Los sismos, registrados el 24 de junio, dejaron un saldo preliminar de al menos 160 personas fallecidas, cerca de mil heridas y decenas de edificios colapsados, particularmente en los estados de La Guaira y Carabobo, además de severos daños en Caracas. El gobierno venezolano declaró el estado de emergencia mientras continúan las labores para localizar personas atrapadas entre los escombros. Diversos países comenzaron a movilizar ayuda internacional ante la magnitud del desastre. 
México respondió recurriendo a una de las capacidades por las que más reconocimiento internacional ha construido en las últimas cuatro décadas: sus equipos de búsqueda y rescate.
Sheinbaum explicó que viajará personal especializado de la Secretaría de la Defensa Nacional con experiencia en operaciones de rescate urbano, binomios caninos y personal médico. La mandataria señaló que, una vez que el primer contingente se encuentre desplegado y en coordinación con las autoridades venezolanas, se evaluará si será necesario enviar más recursos humanos o materiales. 
La decisión también recupera una tradición histórica de la política exterior mexicana.
Desde el terremoto de 1985, México transformó una de sus mayores tragedias nacionales en una escuela internacional de protección civil. El nacimiento y profesionalización de grupos como los Topos, junto con la experiencia acumulada por las Fuerzas Armadas y Protección Civil en sismos, huracanes e inundaciones, ha convertido al país en uno de los principales exportadores de capacidades de rescate en América Latina. Equipos mexicanos han participado en emergencias en Haití, Chile, Ecuador, Turquía y otros países afectados por desastres naturales. 
El anuncio adquiere además una dimensión política particular.
Las relaciones entre México y Venezuela han atravesado meses complejos tras la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos a principios de este año y la posterior condena del gobierno mexicano a cualquier intervención militar extranjera. En ese contexto, el envío de ayuda humanitaria representa una continuidad de uno de los principios tradicionales de la política exterior mexicana: separar las diferencias políticas de la asistencia humanitaria cuando una población enfrenta una catástrofe. 
Desde una perspectiva chiclosa, quizá la noticia más importante sea precisamente esa.
En un momento donde buena parte de la política internacional parece reducirse a bloques, sanciones, confrontaciones geopolíticas y disputas ideológicas, los terremotos recuerdan una verdad elemental: la naturaleza no distingue entre gobiernos de izquierda o de derecha, aliados o adversarios. Cuando un edificio colapsa, lo que hace falta no son discursos diplomáticos sino manos capaces de remover escombros.
Eso no significa que desaparezcan las diferencias políticas entre los países.
Significa que existe un espacio donde la solidaridad puede colocarse por encima de ellas.
México tiene autoridad para hacerlo porque conoce el dolor de los terremotos. Las imágenes de 1985 y de 2017 siguen formando parte de la memoria colectiva del país. Miles de mexicanos saben lo que significa esperar noticias de un familiar bajo los escombros, depender de brigadas de rescate o reconstruir una ciudad después de una tragedia.
Por eso el envío de rescatistas no es solamente un gesto diplomático.
Es también una forma de devolver la solidaridad que el propio México recibió cuando más la necesitó.
En tiempos donde la política suele medirse por la capacidad de confrontar, quizá una de las expresiones más importantes del poder de un Estado siga siendo otra mucho más sencilla:
La capacidad de salvar vidas más allá de sus fronteras.



