Masticada diaria

  • “Jugaron con el corazón, con el alma y con orgullo”: la Selección vuelve a unir a un México profundamente dividido


Pocas cosas consiguen hoy que millones de mexicanos compartan una misma emoción al mismo tiempo. La política divide. La economía polariza. Las redes sociales fragmentan. Pero el futbol, al menos por una noche, volvió a hacer algo que parecía cada vez más difícil: poner a un país entero a celebrar bajo los mismos colores.

Después de la victoria de la Selección Mexicana por 2-0 sobre Ecuador, que aseguró el pase a los octavos de final de la Copa del Mundo de 2026, la presidenta Claudia Sheinbaum felicitó al equipo nacional con un mensaje que rápidamente se volvió viral: “Jugaron con el corazón, con el alma y con orgullo. Hoy nuestra Selección nos regaló una alegría inolvidable y demostró que nunca debemos dejar de creer en México”. 

La mandataria siguió el encuentro desde el Fan Fest instalado en el Parque Tezozómoc, en Azcapotzalco, acompañada por la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, junto a miles de aficionados que vivieron el partido bajo la lluvia y en un ambiente de euforia colectiva. 

El mensaje presidencial llegó después de una actuación que alimentó la ilusión nacional.

Con los goles de Julián Quiñones y Raúl Jiménez, el equipo dirigido por Javier Aguirre eliminó a Ecuador y avanzó a la siguiente ronda manteniendo un rendimiento que ya forma parte de la mejor actuación de México en una fase inicial de un Mundial. El Tri acumula cuatro victorias consecutivas en el torneo, nueve puntos en la fase de grupos, una victoria en los dieciseisavos de final y una defensa que continúa siendo una de las más sólidas de la competencia. 

Pero quizá la noticia más importante no ocurrió dentro del Estadio Azteca. Ocurrió fuera.

Un millón de personas inundó nuevamente el Ángel de la Independencia, Paseo de la Reforma, plazas públicas y fan fests en distintas ciudades del país. Familias completas, jóvenes, adultos mayores y niños salieron a celebrar un triunfo que durante algunas horas suspendió las discusiones políticas, las preocupaciones económicas y las diferencias ideológicas que atraviesan al país. 

En los últimos meses hemos discutido el Mundial desde muchos ángulos: los elevados precios de los boletos, las exenciones fiscales otorgadas a la FIFA, las protestas de las madres buscadoras, las movilizaciones de la CNTE, las restricciones migratorias impuestas por Estados Unidos y el enorme negocio construido alrededor del torneo.

Todas esas críticas siguen siendo válidas. Pero también es cierto que el futbol conserva una capacidad que pocas instituciones mantienen: la de construir comunidad.

Cuando México juega, millones de personas que probablemente jamás votarían por el mismo partido, que tienen opiniones opuestas sobre el gobierno o que viven realidades completamente distintas, encuentran un lenguaje común durante noventa minutos. Ese valor no pertenece a la FIFA. No pertenece a las marcas. No pertenece a los patrocinadores. Pertenece a la gente.

Al mismo tiempo, la celebración también dejó un recordatorio doloroso.

La euforia por el triunfo terminó marcada por la muerte de tres personas durante los festejos en la Ciudad de México. La presidenta expresó sus condolencias y llamó a celebrar con responsabilidad, mientras las autoridades capitalinas investigan las circunstancias en las que ocurrieron los fallecimientos. 

La alegría, por tanto, convivió con la tragedia.

Y esa dualidad también forma parte del México contemporáneo.

El mensaje de Sheinbaum buscó apropiarse de un sentimiento que difícilmente admite colores partidistas: el orgullo nacional.

No fue un discurso sobre Morena.

No fue un discurso de gobierno.

Fue un intento por interpretar un sentimiento colectivo que millones compartían frente al televisor, en las plazas públicas o en el estadio.

Porque más allá de cualquier lectura política, la Selección Mexicana volvió a recordarle al país algo que pocas veces ocurre en tiempos de polarización.

Que todavía existen momentos capaces de hacernos sentir parte de una misma historia.

Ahora viene la prueba más difícil. Los octavos de final.

Y con ellos, la posibilidad de que esta generación no sólo juegue “con el corazón, con el alma y con orgullo”, como dijo la presidenta.

Sino que consiga llevar al futbol mexicano mucho más lejos de lo que ha logrado en generaciones enteras.


  • Más de un millón en las calles: México ganó y la ciudad recordó que el futbol también es pueblo


La Ciudad de México amaneció distinta después del triunfo de la Selección Mexicana sobre Ecuador. No sólo por el marcador ni por el pase a octavos de final. También porque más de un millón de capitalinos salieron a las calles para celebrar una victoria que llevaba décadas esperando: México volvió a ganar un partido de eliminación directa en un Mundial por primera vez desde 1986, también en casa y también en el Estadio Azteca.

La fiesta comenzó desde temprano. Según reportó La Jornada, los primeros aficionados llegaron al Zócalo desde las 4:30 de la mañana, bajo una ligera llovizna, para asegurar lugar frente a la megapantalla donde casi 16 horas después verían el partido. La espera se convirtió en una pachanga extendida: camisetas verdes, banderas, comida callejera, familias completas, jóvenes, niñas, niños y trabajadores que hicieron del Centro Histórico un estadio abierto.

Después del silbatazo final, la ciudad se desbordó. El Ángel de la Independencia, Paseo de la Reforma, el Zócalo y distintas plazas públicas se llenaron de gritos, claxonazos, espuma, trompetas y celulares grabando una escena que ya forma parte de la memoria mundialista mexicana. Hubo fuegos artificiales detrás de las pantallas gigantes y caravanas que siguieron llegando hasta la medianoche. La concentración fue tan grande que la estación Insurgentes de la Línea 1 del Metro tuvo que cerrar como medida de protección civil.

El dato es poderoso: más de un millón de personas en las calles. Pero la cifra no explica por sí sola lo ocurrido.

Lo que vimos fue algo más profundo: una ciudad que necesitaba celebrar. Después de semanas marcadas por protestas, tensiones políticas, críticas a la FIFA, boletos inaccesibles, madres buscadoras manifestándose durante el Mundial, conflictos magisteriales y una conversación pública cargada de desencanto, el futbol abrió una grieta de alegría colectiva. Y esa alegría no fue menor.

Desde una mirada chiclosa, lo importante no es negar las contradicciones del Mundial. Al contrario. Hay que sostenerlas todas al mismo tiempo. Este Mundial ha sido negocio de FIFA, escaparate para patrocinadores, fiesta excluyente para quienes pudieron pagar boletos carísimos y espectáculo global diseñado para televisión. Pero también ha sido apropiado por la gente en las calles, en los mercados, en los fan fests y en las plazas públicas.

Ahí está la tensión. El Mundial oficial es corporativo. El Mundial popular es otra cosa.

Es el que se vive con una playera pirata comprada en Tepito, con una bandera prestada, con el celular cargado al 20%, con lluvia encima, con espuma artificial, con familias que nunca pudieron entrar al estadio pero que igual hicieron suyo el triunfo. La FIFA podrá controlar los derechos de transmisión, los boletos y los patrocinadores, pero no puede controlar lo que ocurre cuando un pueblo decide salir a celebrar.

Por eso la imagen de más de un millón de capitalinos en las calles importa tanto.

Porque recuerda que el futbol mexicano no pertenece únicamente a las marcas, ni a la Federación, ni a los palcos, ni a los funcionarios que se toman la foto. Pertenece también a la gente que lo convierte en ritual colectivo. A quienes gritan un gol como si durante unos segundos se suspendiera todo lo demás: la precariedad, el tráfico, el enojo, la inseguridad, la política, el cansancio.

Pero la celebración también tuvo una cara trágica. Las autoridades reportaron muertes por asfixia durante los festejos en la zona del Ángel y la Zona Rosa, lo que obligó a la jefa de Gobierno, Clara Brugada, y a la presidenta Claudia Sheinbaum a llamar a celebrar con responsabilidad. La alegría popular no elimina la necesidad de cuidar la vida, especialmente cuando las multitudes alcanzan dimensiones históricas.

Esa mezcla de euforia y dolor también habla de México.

Un país capaz de celebrar como pocos, pero donde incluso la fiesta puede rozar el desborde. Un país que se abraza en Reforma, pero que al día siguiente vuelve a sus desigualdades. Un país que convierte el futbol en identidad nacional, aunque millones hayan quedado fuera del estadio por precios imposibles.

Por eso la pregunta no es solamente cuántos salieron a festejar. La pregunta es qué nos dice esa multitud. Nos dice que México todavía tiene reservas de comunidad. Que la ciudad todavía puede encontrarse en el espacio público.

Que el futbol todavía puede producir una emoción compartida que ninguna campaña política consigue fabricar.

Y que, aunque el Mundial haya sido diseñado como mercancía global, la gente siempre encuentra la forma de volverlo suyo.

México ganó. La ciudad explotó.

Y por una noche, la calle volvió a demostrar que el futbol, antes que negocio, sigue siendo una fiesta popular.


  • “El pueblo merecía esta alegría”: Javier Aguirre y el regreso de una Selección que volvió a ilusionar a México


La frase más poderosa de la noche no fue un gol. Tampoco una jugada espectacular. Llegó minutos después del silbatazo final, cuando Javier Aguirre apareció en conferencia de prensa y resumió el significado de la histórica victoria sobre Ecuador con una reflexión que rápidamente recorrió todo el país: “El pueblo merecía esta alegría”. No habló primero de táctica, ni de sistemas de juego, ni de estadísticas. Habló de la gente. De millones de mexicanos que llevaban décadas esperando una noche como ésta. 

La Selección Mexicana acababa de derrotar 2-0 a Ecuador en el Estadio Azteca para avanzar a los octavos de final de la Copa del Mundo de 2026, rompiendo una sequía que se remontaba al Mundial de 1986: cuarenta años sin ganar un partido de eliminación directa en una Copa del Mundo. El triunfo también confirmó el extraordinario momento del equipo nacional, que suma cuatro victorias consecutivas, permanece invicto y no ha recibido un solo gol en todo el torneo. 

Aguirre, que ya había dirigido a México en los Mundiales de Corea-Japón 2002 y Sudáfrica 2010, no ocultó la carga emocional del momento. Reconoció que aquellas eliminaciones seguían pesando en su memoria, incluso admitiendo que en una de ellas cometió errores importantes como entrenador. Por eso, explicó, esta clasificación tiene un significado especial. Pero insistió en que la verdadera recompensa no era personal. “Estamos entre los 16 mejores del mundo”, dijo. “El que lo merece es el pueblo mexicano”. 

El técnico también aprovechó para destacar algo que pocas veces aparece en las hojas de estadísticas: la conexión entre el equipo y la afición. Describió al grupo como “una familia”, elogió el compromiso de sus jugadores y aseguró que el ambiente vivido en el Azteca fue determinante para sostener el rendimiento del equipo. Más de 80 mil personas llenaron el estadio y millones siguieron el encuentro desde plazas públicas, fan fests y calles de todo el país. Para Aguirre, esa comunión con la gente fue un impulso imposible de ignorar.