Masticada diaria

  • Director de PEMEX de López Obrador enfrenta proceso por violencia familiar


La detención del exdirector de Petróleos Mexicanos, Víctor Rodríguez Padilla, y su traslado a Morelos para enfrentar una audiencia por el presunto delito de violencia familiar marca uno de los casos más delicados para el gobierno de Claudia Sheinbaum. No solamente por la gravedad de las acusaciones, sino porque el imputado fue uno de los funcionarios más cercanos al proyecto político de la presidenta y uno de los nombramientos más relevantes al inicio de su administración.

Rodríguez Padilla fue detenido por elementos de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México en coordinación con autoridades de Morelos y trasladado al municipio de Emiliano Zapata, donde un juez de control definirá la legalidad de su detención y escuchará la imputación formulada por la Fiscalía estatal. La investigación gira en torno a una denuncia presentada por su esposa, la académica María Felicia Jiménez, quien lo acusa de violencia física, psicológica y familiar derivada de hechos ocurridos en marzo de este año.

El caso adquirió dimensión nacional cuando, a finales de junio, Jiménez difundió un video en redes sociales donde se observa al entonces funcionario jaloneándola, empujándola y golpeándola dentro de su domicilio, mientras un menor presencia la agresión. La difusión de esas imágenes provocó una ola de indignación pública y colocó al gobierno de Sheinbaum frente a una prueba incómoda: demostrar que su discurso de cero tolerancia a la violencia contra las mujeres también aplica cuando el señalado pertenece a su propio círculo político.

La presidenta reaccionó rápidamente.

Desde Palacio Nacional pidió que se aplicara "todo el peso de la ley" y dejó claro que no habría protección política para el exfuncionario. Posteriormente, Rodríguez Padilla dejó el cargo que ocupaba en el sector energético y quedó sujeto a las investigaciones penales que ahora avanzan en Morelos y en la Ciudad de México.

Desde una perspectiva chiclosa, la noticia trasciende el caso individual.

Durante años, la política mexicana ha convivido con una práctica profundamente dañina: cuando un funcionario cercano al poder enfrenta una acusación grave, la primera reacción suele ser minimizar los hechos, desacreditar a la víctima o convertir el caso en una disputa partidista.

Eso ocurrió durante gobiernos del PRI. También durante gobiernos del PAN. Y la pregunta inevitable es si Morena será distinto. Porque el verdadero feminismo institucional no se demuestra con discursos del 8 de marzo. Se demuestra cuando el acusado es uno de los propios.

En ese sentido, la respuesta inicial del gobierno marca una diferencia importante. No hubo defensa pública del exdirector de Pemex, ni intentos por desacreditar a la denunciante, ni llamados a esperar "el contexto completo" antes de actuar. Al contrario, la propia presidenta respaldó el proceso judicial y reiteró que ninguna posición política puede colocarse por encima de la ley. Eso no garantiza justicia, pero sí establece un punto de partida distinto. Sin embargo, el verdadero examen apenas comienza.

Porque una declaración presidencial no sustituye una sentencia judicial. Ahora corresponde a las fiscalías acreditar los hechos, proteger a la víctima, garantizar el debido proceso y demostrar que el sistema de justicia puede actuar con la misma firmeza frente a un exalto funcionario que frente a cualquier otro ciudadano.

El caso también vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda. La violencia familiar atraviesa todas las clases sociales, profesiones e ideologías. No distingue entre funcionarios públicos, empresarios, académicos o trabajadores. Tampoco desaparece porque alguien ocupe un cargo de alto nivel o construya una imagen pública respetable.

Muchas veces ocurre precisamente detrás de esas imágenes de éxito. Y por eso resulta tan difícil denunciarla.

Las organizaciones especializadas llevan años insistiendo en que las mujeres tardan, en promedio, varios episodios de violencia antes de acudir ante las autoridades. El miedo, la dependencia económica, el poder del agresor y la desconfianza hacia las instituciones siguen siendo algunas de las principales barreras para romper el silencio. Cuando el presunto agresor además ocupa uno de los cargos más importantes del gobierno, esas barreras suelen hacerse todavía más altas. Por eso este caso importa tanto. No sólo por el futuro jurídico de un exdirector de Pemex, sino porque puede convertirse en un precedente sobre cómo responde el Estado cuando la violencia de género toca el corazón mismo del poder político.

La audiencia en Morelos definirá la situación jurídica inmediata de Rodríguez Padilla, pero el juicio más importante será otro. El de una sociedad que observará si, esta vez, la justicia pesa lo mismo para quien fue parte del gobierno que para cualquier otro ciudadano.


  • Piden salida de Infantino de la FIFA


La Copa del Mundo de 2026 prometía consolidar el legado de Gianni Infantino como el presidente que expandió el futbol a 48 selecciones y convirtió el Mundial en el mayor espectáculo deportivo del planeta. Hoy, ese legado atraviesa su momento más delicado. Apenas dos días después de la polémica decisión de permitir que el delantero estadounidense Folarin Balogun disputara los octavos de final tras haber sido expulsado, las exigencias para que Infantino abandone la presidencia de la FIFA comenzaron a multiplicarse dentro y fuera del futbol.

El origen de la crisis es conocido. Balogun recibió una tarjeta roja directa frente a Bosnia y Herzegovina, una sanción que normalmente implica perderse el siguiente partido. Sin embargo, la Comisión Disciplinaria de la FIFA suspendió excepcionalmente el castigo, permitiendo que el atacante estuviera disponible para enfrentar a Bélgica. La decisión llegó después de que el presidente estadounidense Donald Trump reconociera haber llamado personalmente a Infantino para pedir que el caso fuera revisado, una revelación que detonó dudas sobre la independencia del máximo organismo del futbol mundial.

La UEFA calificó la resolución como "sin precedentes, incomprensible e injustificable". La Federación Belga anunció recursos legales. El expresidente de Costa Rica, Óscar Arias, pidió públicamente la renuncia de Infantino al considerar que la FIFA cedió ante presiones políticas, mientras diversos integrantes del Consejo de la FIFA habrían comenzado a discutir mecanismos para exigir responsabilidades al dirigente suizo. Incluso se explora la posibilidad de presentar acciones legales relacionadas con el manejo del caso Balogun. Infantino rechaza cualquier intervención.

En un comunicado difundido por la FIFA, aseguró que nunca participó en la resolución disciplinaria y sostuvo que el expediente fue resuelto exclusivamente por los órganos judiciales independientes del organismo. Desde su perspectiva, el reglamento permitía suspender la sanción bajo determinadas circunstancias y el procedimiento se desarrolló conforme a las normas vigentes, Pero el problema ya no es únicamente jurídico, es político y, sobre todo, institucional.

Durante años, la FIFA ha defendido con firmeza el principio de autonomía del futbol. Ha suspendido federaciones nacionales por interferencia gubernamental, ha exigido que los Estados no intervengan en la designación de dirigentes deportivos y ha construido buena parte de su legitimidad sobre la idea de que las decisiones futbolísticas deben mantenerse alejadas del poder político. Sin embargo, basta una llamada del presidente de la mayor potencia del mundo para que esa autonomía parezca negociable. Ese precedente resulta mucho más grave que la tarjeta roja de un delantero porque instala la sospecha de que no todos los países juegan bajo las mismas reglas.

¿Habría reaccionado igual la FIFA si quien llamaba era el presidente de Bolivia? ¿O el de Senegal? ¿O el de México?

La duda, por sí sola, erosiona la credibilidad del torneo y la credibilidad es el principal activo de cualquier competencia deportiva.

La situación también revive viejos fantasmas. Hace apenas una década, la FIFA atravesó el mayor escándalo de corrupción de su historia, conocido como el FIFA Gate, que terminó provocando la renuncia de Sepp Blatter y abrió una etapa de reformas institucionales que llevaron precisamente a la elección de Infantino en 2016 con la promesa de recuperar la transparencia y restaurar la confianza en el organismo.

Diez años después, la discusión vuelve a parecerse inquietantemente a la de entonces. No por acusaciones de sobornos, sino por una pregunta igual de incómoda: ¿Puede la FIFA garantizar que sus decisiones son independientes del poder político y económico?

La crisis llega además en un momento especialmente complejo para el organismo. Durante este Mundial, la FIFA ya había recibido críticas por los elevados precios de los boletos derivados de su sistema de precios dinámicos, por las condiciones climáticas extremas en varias sedes, por el creciente calendario internacional y ahora por una decisión disciplinaria que amenaza con perseguir al torneo hasta la final.

Las organizaciones no pierden legitimidad únicamente cuando violan las reglas. También la pierden cuando millones de personas dejan de creer que las reglas se aplican por igual. Y en el futbol, donde el resultado depende de la confianza en que todos compiten bajo las mismas condiciones, esa pérdida puede ser mucho más costosa que cualquier derrota en la cancha.

Porque un Mundial puede sobrevivir a un mal arbitraje. Lo que difícilmente sobrevive es la sospecha de que el poder político ya también decide quién juega... y quién no.


  • Trump vuelve a amenazar a Irán: la guerra como herramienta permanente de presión


Donald Trump volvió a poner sobre la mesa la posibilidad de atacar militarmente a Irán. Después de semanas de tensión, bombardeos, amenazas cruzadas y una tregua cada vez más frágil, el presidente estadounidense advirtió que su gobierno podría lanzar nuevos ataques si considera que Teherán reactiva o mantiene capacidades nucleares que Washington juzga inaceptables. La frase no llega en el vacío: forma parte de una escalada que ha convertido a Medio Oriente, otra vez, en el tablero donde Estados Unidos decide hasta dónde puede llegar su poder militar.

El mensaje de Trump retoma una lógica que ya había utilizado tras los ataques estadounidenses contra instalaciones nucleares iraníes. En julio de 2025, el mandatario sostuvo que volvería a bombardear esos sitios “si fuera necesario”, después de que el canciller iraní Abbas Araghchi afirmara que Teherán no renunciaría a su programa de enriquecimiento nuclear, pese a los daños sufridos en bombardeos previos.

El problema es que, en 2026, esa advertencia ya no funciona como una simple frase de campaña o como presión diplomática. La región viene de meses de confrontación. Estados Unidos e Israel realizaron ataques contra objetivos iraníes; Irán respondió con acciones contra intereses estadounidenses y aliados regionales; los mercados energéticos reaccionaron con nerviosismo; y cualquier nueva operación militar amenaza con desbordar el conflicto hacia el Golfo Pérsico, donde se juega una parte fundamental del suministro petrolero mundial. Reuters reportó este 8 de julio que Trump declaró “terminado” el acuerdo provisional para frenar la guerra con Irán y advirtió sobre nuevos ataques estadounidenses, en medio de represalias iraníes contra instalaciones militares de Estados Unidos en Bahréin y Kuwait.

Desde una perspectiva chiclosa, lo que está ocurriendo es profundamente peligroso: Trump está normalizando la guerra preventiva como si fuera una herramienta ordinaria de política exterior. Ya no se trata solamente de disuadir a Irán. Se trata de instalar la idea de que Estados Unidos puede bombardear primero, negociar después y volver a bombardear si no obtiene el resultado político que busca.

Ahí está la parte más pegajosa del asunto.

Washington insiste en que su objetivo es impedir que Irán desarrolle armas nucleares. Pero al mismo tiempo, cada ataque militar fortalece a los sectores más duros dentro de Teherán, debilita a quienes defienden la vía diplomática y alimenta el argumento de que Irán necesita mayor capacidad de defensa frente a una potencia que ya demostró estar dispuesta a usar la fuerza. Es el círculo vicioso de siempre: se bombardea para evitar una amenaza y con cada bombardeo se vuelve más probable que esa amenaza se radicalice.

La historia reciente debería servir como advertencia. Estados Unidos ya utilizó argumentos de seguridad, armas de destrucción masiva y amenazas regionales para justificar guerras que terminaron desestabilizando países enteros. Irak sigue siendo el fantasma que acompaña cada nueva aventura militar estadounidense en Medio Oriente. Y aunque Irán no es Irak, la lógica política se parece demasiado: presentar la guerra como única opción responsable cuando todavía existen mecanismos diplomáticos, inspecciones internacionales y negociaciones multilaterales.

El riesgo no es solamente militar, también es económico.

Cada amenaza sobre Irán sacude el precio del petróleo, presiona las rutas marítimas del Golfo y aumenta el miedo a una interrupción en el estrecho de Ormuz, por donde transita una parte decisiva del crudo mundial. Una guerra ampliada no se quedaría en Medio Oriente. Llegaría a las gasolinas, a los alimentos, a la inflación y al bolsillo de millones de personas muy lejos de Teherán o Washington. Reuters reportó que el nuevo episodio de tensión ya provocó un salto de más de 5% en los precios del petróleo y caídas en los mercados globales.

Trump se presenta como el presidente que no quiere guerras largas, que dice defender a los trabajadores estadounidenses y que promete poner a su país primero. Pero sus amenazas contra Irán pueden arrastrar a Estados Unidos a otro conflicto costoso, impredecible y profundamente impopular. La guerra siempre se vende como operación quirúrgica. Después llega la realidad: represalias, víctimas civiles, mercados alterados, aliados presionados y una región entera al borde del incendio.

La pregunta de fondo no es si Irán debe rendir cuentas por su programa nuclear o por sus acciones regionales.

La pregunta es quién le dio a Estados Unidos el derecho de actuar como juez, fiscal y bombardero del mundo. Porque una cosa es exigir controles internacionales, inspecciones y cumplimiento de acuerdos nucleares. Otra muy distinta es asumir que la mayor potencia militar del planeta puede decidir unilateralmente cuándo un país debe ser castigado desde el aire.

La amenaza de Trump no sólo pone en riesgo a Irán. Pone en riesgo la idea misma de un orden internacional basado en reglas. Si las reglas sólo aplican para los países débiles y las potencias pueden romperlas cuando lo consideran conveniente, entonces no estamos ante seguridad global. Estamos ante poder desnudo. Y eso, masticado sin propaganda, se llama imperialismo.