Masticada diaria

  • Moody’s vuelve a encender alarmas sobre Pemex y exhibe las contradicciones de la defensa de Slim al obradorismo


Apenas un día después de que Carlos Slim calificara como “irracional” la decisión de Moody’s de rebajar la calificación crediticia de México, la propia agencia volvió a colocar a Pemex en el centro del problema fiscal mexicano. Este 27 de mayo, Moody’s advirtió que las necesidades financieras de la petrolera estatal seguirán siendo “altas” al menos hasta 2028 debido a deuda, pérdidas operativas y debilidad estructural persistente.


La calificadora estima que Pemex requerirá alrededor de 14 mil 900 millones de dólares anuales entre 2026 y 2028 para cubrir vencimientos de deuda, gasto operativo y necesidades de inversión. Aunque reconoce que el gobierno de Claudia Sheinbaum seguirá respaldando financieramente a la empresa, Moody’s insiste en que el problema de fondo permanece intacto: Pemex continúa dependiendo estructuralmente del rescate estatal para sobrevivir.


Y ahí aparece nuevamente la contradicción con el discurso de Slim. El empresario salió esta semana a defender la situación financiera del país y descalificar a Moody’s justo cuando la agencia insiste en que uno de los principales focos de presión sobre las finanzas públicas mexicanas sigue siendo Pemex. De hecho, tanto Moody’s como S&P han señalado explícitamente que el apoyo permanente del gobierno a la petrolera está debilitando la flexibilidad fiscal de México y elevando riesgos sobre deuda soberana.


La ironía política es difícil de ignorar. Slim se ha convertido en uno de los empresarios más cercanos al obradorismo precisamente durante los años en que el gobierno ha apostado más fuerte por rescatar y fortalecer a Pemex como símbolo de “soberanía energética”. Mientras tanto, empresas ligadas a Grupo Carso han obtenido contratos estratégicos en infraestructura, energía y obra pública durante los gobiernos de López Obrador y Sheinbaum.


Pero Moody’s no cuestiona el concepto de soberanía energética en sí mismo; cuestiona la sostenibilidad financiera del modelo actual. La agencia advierte que Pemex mantiene problemas estructurales severos: producción estancada, pérdidas constantes en refinación, alta deuda, flujo de caja negativo y enormes necesidades de capital simplemente para mantener operaciones básicas. Incluso con rescates multimillonarios, la empresa sigue sin generar suficiente rentabilidad para sostenerse de manera autónoma.


Los datos son contundentes. Aunque Pemex logró reducir parte de su deuda financiera —que ronda actualmente los 79 mil millones de dólares— esa mejora ocurrió principalmente gracias a transferencias directas, bonos gubernamentales, reducción de impuestos y apoyo estatal extraordinario. Moody’s calcula además que la petrolera seguirá generando flujo negativo durante al menos los próximos dos o tres años.


En otras palabras: el gobierno ha logrado evitar un colapso inmediato de Pemex, pero todavía no demuestra que la empresa pueda volverse financieramente sostenible sin apoyo permanente del Estado. Y ese precisamente es el punto que preocupa a las calificadoras: cuánto tiempo puede seguir absorbiendo el gobierno mexicano los costos de Pemex sin deteriorar sus propias finanzas públicas.


Por eso la defensa de Slim parece más política que técnica. Porque mientras el magnate acusa a Moody’s de actuar “irracionalmente”, la propia información financiera muestra que las presiones fiscales alrededor de Pemex continúan creciendo. La calificadora no está inventando el problema: está señalando algo que incluso el gobierno reconoce implícitamente cada vez que destina miles de millones de dólares para sostener a la petrolera.


El debate de fondo termina siendo mucho más grande que Pemex. Se trata de una pregunta histórica para México: cuánto puede costar sostener símbolos de soberanía nacional dentro de un sistema financiero global que castiga cualquier debilidad fiscal. Y también de otra pregunta más incómoda: quiénes realmente se benefician económicamente mientras el Estado absorbe el costo político y financiero de rescatar empresas estratégicas.


  • FIFA manda sobre Brugada: el ajolote “no autorizado” que tuvo que desaparecer del Mundial


La FIFA volvió a dejar claro quién tiene realmente el control del Mundial 2026 en México. Esta semana, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) confirmó que el ajolote gigante instalado por el gobierno de Clara Brugada en las inmediaciones del Estadio Banorte deberá ser retirado porque incumple los acuerdos comerciales firmados con la FIFA para la Copa del Mundo. (quintafuerza.mx)


El argumento oficial es que la figura podría generar una asociación visual no autorizada con el torneo. Según explicó la directora del IMPI, Carolina Pérez Luna, la FIFA tiene registradas desde 2024 más de 357 marcas vinculadas al Mundial 2026, incluyendo nombres, símbolos y mascotas oficiales. Por eso, cualquier elemento visual que intente relacionarse con el evento sin autorización corporativa puede ser eliminado. (quintafuerza.mx)


La escena es profundamente simbólica. Un organismo privado internacional puede obligar a retirar un símbolo cultural instalado en espacio público mexicano porque interfiere con contratos comerciales globales. Ni el gobierno capitalino ni autoridades locales parecen tener capacidad real de decisión frente a las reglas impuestas por FIFA. El mensaje es brutal: durante el Mundial, la soberanía simbólica y comercial de partes enteras de la ciudad queda subordinada a los intereses corporativos del torneo.


Y el ajolote no es el único ejemplo. La FIFA también obligó a desaparecer temporalmente el nombre “Estadio Banorte” durante la Copa del Mundo porque Banorte no es patrocinador oficial del torneo. El Estadio Azteca será rebautizado simplemente como “Estadio Ciudad de México”, mientras recintos como el BBVA y el Akron también perderán sus identidades comerciales locales para ajustarse a las reglas corporativas de FIFA. (elimparcial.com)


La lógica es clara: durante el Mundial, FIFA controla nombres, símbolos, publicidad, transmisiones, espacios públicos y hasta qué imágenes pueden existir alrededor de los estadios. El torneo funciona prácticamente como una zona económica especial donde las reglas comerciales de una corporación internacional se colocan por encima de dinámicas locales, identidades urbanas e incluso decisiones gubernamentales.


La ironía es enorme para un país que constantemente habla de soberanía nacional. Mientras el discurso político mexicano insiste en autonomía frente a potencias extranjeras, una organización privada suiza puede decidir qué mascotas se exhiben, qué marcas desaparecen y cómo deben llamarse estadios históricos en territorio mexicano.


El caso del ajolote también exhibe otra transformación más profunda del futbol contemporáneo: el paso definitivo del deporte popular hacia un modelo de hipercontrol corporativo global. Ya no se trata solo de organizar partidos. FIFA administra propiedad intelectual, branding urbano, derechos audiovisuales, hospitalidad VIP y control total del ecosistema comercial alrededor del torneo. Incluso símbolos culturales locales deben pasar por filtros de autorización internacional para coexistir con el Mundial.


Al final, el episodio deja una pregunta incómoda rumbo a 2026: si FIFA puede decidir nombres de estadios, retirar símbolos urbanos y rediseñar partes enteras de las ciudades sede según sus contratos comerciales, entonces ¿quién gobierna realmente el Mundial en México: las autoridades mexicanas o la corporación que administra el negocio global del futbol?


  • Nueva York y Nueva Jersey investigan a FIFA mientras en México la corporación impone sus reglas sin resistencia


Mientras en México la FIFA obliga a retirar ajolotes, cambiar nombres de estadios y controlar símbolos urbanos por contratos comerciales, en Estados Unidos las autoridades de Nueva York y Nueva Jersey ya comenzaron a investigar precisamente los abusos corporativos alrededor del Mundial 2026. La diferencia exhibe dos modelos completamente distintos de relación frente al poder de FIFA: uno donde los gobiernos se subordinan y otro donde al menos intentan poner límites.


Este 27 de mayo, autoridades de Nueva York y Nueva Jersey anunciaron investigaciones sobre el sistema de venta de boletos del Mundial después de múltiples denuncias por precios dinámicos, costos descontrolados y falta de transparencia en la plataforma oficial de FIFA. El fiscal general de Nueva Jersey, Matthew Platkin, confirmó que revisarán posibles prácticas abusivas en la comercialización de entradas para los partidos que se jugarán en el MetLife Stadium, incluida la final del Mundial 2026.


La polémica explotó luego de que aficionados denunciaran boletos que originalmente costaban unos cientos de dólares y terminaron escalando a miles mediante sistemas algorítmicos de “dynamic pricing”. En algunos casos, entradas para partidos clave ya superan los 11 mil dólares, mientras paquetes VIP alcanzan decenas de miles. El problema no es solamente el precio: las autoridades estadounidenses cuestionan la opacidad del sistema y la posibilidad de que FIFA esté permitiendo mecanismos especulativos que afectan directamente a consumidores.


Y ahí aparece el contraste brutal con México. Mientras fiscales estadounidenses investigan si FIFA está abusando comercialmente de aficionados, en México las instituciones parecen actuar más como administradoras de los intereses corporativos de la organización. Hace apenas unos días, autoridades mexicanas confirmaron que el ajolote instalado cerca del Estadio Banorte tendría que desaparecer porque interfería con acuerdos comerciales de FIFA. Antes de eso, también se aceptó eliminar nombres históricos y marcas locales de estadios para ajustarse a las reglas del torneo.


Es decir: en Estados Unidos las autoridades buscan contener el desenfreno comercial de FIFA; en México, las autoridades modifican espacio público, símbolos urbanos y dinámicas locales para cumplir las exigencias corporativas de FIFA.


La diferencia no es menor. Revela quién realmente tiene capacidad de negociación frente a una organización privada multimillonaria. Porque aunque FIFA intenta imponer condiciones globales en todos los países sede, no todos los gobiernos reaccionan igual. Nueva York y Nueva Jersey están utilizando mecanismos regulatorios y de protección al consumidor para cuestionar directamente el modelo de negocio del Mundial. México, en cambio, parece aceptar prácticamente sin resistencia las condiciones comerciales impuestas desde Zurich.


El contraste también exhibe algo más profundo sobre la relación entre soberanía y megaeventos globales. En México, el discurso político insiste constantemente en defensa de la soberanía nacional frente a potencias extranjeras. Pero cuando se trata de FIFA —una de las corporaciones deportivas más poderosas del planeta— las autoridades mexicanas parecen asumir un rol subordinado donde el interés principal es no incomodar al organizador del torneo.