Masticada diaria

  • El Mundial que las madres buscadoras se negaron a dejar pasar en México


Mientras cerca de 80 mil personas llenaban el Estadio Azteca para celebrar el inicio de la Copa Mundial de la FIFA 2026 y millones de espectadores en todo el planeta observaban a México como anfitrión por tercera ocasión en su historia, otro grupo de mexicanos intentaba aprovechar exactamente ese mismo reflector internacional para hablar de una realidad muy distinta. No llevaban camisetas de fútbol ni banderas mundialistas. Llevaban fotografías de sus hijos, hermanos, esposos y familiares desaparecidos. Eran las madres buscadoras que decidieron convertir la inauguración del Mundial en una oportunidad para recordarle al mundo que México también es el país de las más de 130 mil personas desaparecidas.

La protesta no surgió de manera espontánea. Durante días, colectivos de búsqueda de distintos estados habían anunciado una movilización pacífica bajo una consigna tan simple como devastadora: "La pelota vuelve a casa, ¿y tú cuándo?". La frase sintetizaba el sentido político de la protesta. Mientras el país celebraba el regreso del Mundial al Estadio Azteca, miles de familias seguían esperando el regreso de personas que desaparecieron y nunca volvieron.

La marcha comenzó sobre Calzada de Tlalpan, una de las principales vías de acceso al estadio. Ahí se congregaron familiares de personas desaparecidas provenientes de distintos puntos del país. Muchos cargaban palas, fotografías y mantas. Otros instalaron altares improvisados con flores de cempasúchil y retratos de sus familiares. Algunos colectivos organizaron incluso una "cascarita antimundialista" para denunciar lo que consideran una contradicción fundamental: mientras el país invierte enormes recursos para organizar el evento deportivo más importante del planeta, miles de familias siguen realizando por cuenta propia labores de búsqueda que deberían corresponder al Estado.

Lo que ocurrió alrededor del Mundial también ayuda a entender uno de los fenómenos políticos más importantes del México contemporáneo.

Las madres buscadoras se han convertido probablemente en el movimiento social más legítimo y difícil de descalificar del país.

A diferencia de otros movimientos que suelen ser rápidamente etiquetados por actores políticos como opositores, oficialistas o grupos de interés, las madres buscadoras nacieron precisamente de la ausencia del Estado. Surgieron porque miles de familias llegaron a la conclusión de que si ellas no salían a buscar a sus desaparecidos, nadie más lo haría. Desde mediados de la década pasada comenzaron a organizarse en colectivos que recorren desiertos, montes, carreteras, fosas clandestinas, hospitales y cárceles buscando indicios de sus familiares. Muchas han terminado realizando tareas de investigación y búsqueda que corresponderían a fiscalías, ministerios públicos y servicios forenses.

Y esa es precisamente la razón por la que eligieron el Mundial.

Porque entendieron algo que también comprendieron los movimientos sociales en Brasil durante 2014, en Sudáfrica durante 2010 y en Qatar durante 2022: cuando llega una Copa del Mundo, el país anfitrión deja de hablar únicamente consigo mismo. Durante algunas semanas habla frente al mundo entero.

Las madres buscadoras sabían que probablemente no tendrían otra oportunidad semejante para colocar la crisis de desapariciones en la conversación internacional. Organizaciones como Amnistía Internacional respaldaron públicamente su derecho a manifestarse y pidieron a las autoridades mexicanas garantizar que las protestas pudieran desarrollarse de forma pacífica.

La respuesta institucional fue ambivalente.

Por un lado, el gobierno federal ha insistido en que la búsqueda de personas desaparecidas es una prioridad nacional. Por otro, las manifestantes se encontraron con cercos policiales que limitaron su avance hacia el estadio y restringieron parte de las movilizaciones previstas. Algunos contingentes lograron acercarse a las inmediaciones del Azteca mientras otros fueron contenidos dentro del perímetro de seguridad diseñado para la inauguración.

La imagen resultó profundamente simbólica.

De un lado, la fiesta global organizada por la FIFA, las grandes marcas y los gobiernos. Del otro, madres que sostienen fotografías de personas ausentes y exigen respuestas que llevan años esperando.

Durante semanas el debate público se concentró en la infraestructura, la movilidad, la seguridad, los patrocinios y la derrama económica del Mundial. Las madres buscadoras decidieron desplazar la conversación hacia otra pregunta mucho más incómoda: ¿qué significa organizar una celebración global en un país donde más de 130 mil personas siguen desaparecidas?

Esa pregunta resulta especialmente incómoda porque no puede responderse desde la lógica tradicional de la polarización política mexicana.

No es una discusión entre Morena y la oposición.

No es una disputa entre izquierda y derecha.

No es un conflicto partidista.

Es una crisis que atraviesa gobiernos federales, estatales y municipales de distintos signos políticos desde hace casi dos décadas. De acuerdo con los registros oficiales, la inmensa mayoría de las desapariciones acumuladas en México ocurrieron después de 2006, precisamente durante el periodo de militarización de la estrategia de seguridad pública iniciada por Felipe Calderón y continuada, con distintos matices, por los gobiernos posteriores.

Por eso la protesta de las madres buscadoras terminó representando algo más grande que una manifestación durante el Mundial.

Representó la irrupción de una realidad que ni la FIFA, ni los gobiernos, ni las ceremonias de inauguración pueden controlar completamente.

Porque durante unas horas, mientras el mundo observaba a México celebrar el fútbol, también observó a un grupo de mujeres recordando que existe otra competencia en la que el país lleva años ocupando posiciones que nadie debería celebrar.

La de las desapariciones.

Y quizá esa sea la imagen política más poderosa que dejó la inauguración del Mundial.

No la de los fuegos artificiales ni la de las celebridades sobre el escenario.

Sino la de cientos de familias recordándole al país que la verdadera victoria no será organizar una Copa del Mundo.

Será construir un México donde nadie tenga que salir a buscar por su cuenta a quienes el Estado no ha podido encontrar.


  • No apareció la niña del boleto de Sheinbaum en la inauguración del mundial


El 29 de agosto de 2025, durante una conferencia matutina en Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum anunció que no utilizaría el boleto número 001 que le había entregado el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para asistir a la inauguración de la Copa Mundial de 2026 en el Estadio Azteca. En su lugar, dijo que lo entregaría a una niña o joven mexicana apasionada por el fútbol que de otra manera nunca tendría la oportunidad de asistir a un partido de esa magnitud. La decisión fue presentada como un gesto de inclusión y cercanía con la gente.

Meses después, el gobierno lanzó la convocatoria "Representa a México en la inauguración del Mundial", un concurso dirigido a mujeres jóvenes de entre 16 y 25 años. La ganadora fue Yolett Cervantes Cuaquehua, una joven indígena originaria de Tlaquilpa, Veracruz, quien recibió públicamente el boleto durante una ceremonia en Palacio Nacional. La historia fue ampliamente difundida por medios de comunicación y redes sociales oficiales. La narrativa era poderosa: la presidenta renunciaba al privilegio del palco presidencial para que una joven mexicana ocupara simbólicamente ese lugar.

El problema es lo que ocurrió después o más precisamente, lo que no ocurrió.

Durante la ceremonia inaugural del Mundial, las cámaras internacionales mostraron a Gianni Infantino, dirigentes de la FIFA, empresarios, invitados especiales y distintas personalidades. También quedó claro que Claudia Sheinbaum no estaba presente en el estadio. La presidenta decidió seguir el evento desde espacios públicos y defendió su ausencia argumentando que no consideraba correcto ocupar un lugar privilegiado en un torneo cuyos boletos resultaron inaccesibles para la mayoría de los mexicanos.

Sin embargo, en ningún momento de la transmisión internacional apareció Yolett Cervantes. Por supuesto, la ausencia de imágenes no prueba que Yolett no haya asistido. Existen referencias posteriores que señalan que efectivamente recibió el boleto y acudió al partido. Lo que sí resulta llamativo es la enorme diferencia entre la dimensión mediática que tuvo el anuncio y la casi total desaparición pública de la historia una vez que llegó el momento de la inauguración.

Si la intención era enviar un mensaje político sobre inclusión, acceso y representación, ¿por qué el gesto desapareció precisamente cuando llegó el momento de hacerlo visible frente al mundo? La respuesta puede ser más pegajosa de lo que parece porque quizá el problema no era mostrar a una joven indígena en el estadio, quizá el problema era que una sola joven indígena no podía ocultar la realidad del Mundial.

Durante meses, los precios de los boletos generaron críticas entre aficionados mexicanos. Entradas que originalmente costaban decenas de miles de pesos terminaron alcanzando cifras todavía mayores en mercados secundarios y reventa. El propio gobierno reconoció indirectamente el problema cuando Sheinbaum explicó que no asistiría porque muchos mexicanos simplemente no podían pagar una entrada.

La historia del boleto se presentó como una política de inclusión cuando en realidad era una excepción, un gesto individual, una dádiva paternalista, no una política pública, no un mecanismo para democratizar el acceso al evento, no una estrategia para garantizar que miles de jóvenes mexicanos pudieran asistir al Mundial organizado en su propio país.

Mientras una persona recibía el boleto presidencial, millones de mexicanos seguían enfrentando precios prohibitivos para acudir a los partidos. Mientras se celebraba la historia de una ganadora, el acceso al torneo seguía determinado por la capacidad de pago. Mientras se difundía la narrativa de la representación popular, los palcos y las zonas VIP se llenaban de empresarios, políticos, celebridades e invitados corporativos.

Lo que revela este episodio es una tensión que ha acompañado todo el Mundial. Desde el principio se nos dijo que era "el Mundial de México". Se habló de orgullo nacional, de legado histórico y de una fiesta para todos. Sin embargo, conforme se acercó la inauguración quedó claro que para buena parte de la población mexicana el torneo sería algo que se observaría desde la televisión, desde el Zócalo o desde los Fan Fest organizados por la FIFA y los gobiernos locales.

El Mundial está en casa, pero eso no significa que la casa esté abierta para todos. Por eso la historia del boleto resulta tan simbólica. Porque resume perfectamente una lógica política muy común en México: sustituir derechos por gestos, acceso universal por premios individuales y soluciones estructurales por historias inspiradoras.

Regalar un boleto puede ser un acto noble, pero no resuelve el problema de fondo. La pregunta no es si Yolett merecía asistir al partido. Seguramente sí. La pregunta es por qué hubo que convertir su asistencia en una noticia nacional. Y la respuesta quizá sea porque, para la inmensa mayoría de los mexicanos, asistir al Mundial organizado en su propio país nunca fue realmente una posibilidad.

Al final, la silla vacía de Sheinbaum sí apareció en las transmisiones. La joven que debía simbolizar la inclusión, no y eso termina siendo una metáfora bastante precisa del Mundial 2026 en México. Mucho discurso sobre el pueblo, pero mucha menos evidencia de que el pueblo haya sido invitado a la fiesta.


  • “Relájense”: dice presidente de la FIFA ante precios de los boletos del mundial


Apenas unas horas antes de la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA 2026, Gianni Infantino fue cuestionado por dos de los temas que más críticas han generado durante los últimos meses: las restricciones migratorias que han afectado a jugadores, periodistas y miembros de delegaciones, y el costo de los boletos para asistir a los partidos. La respuesta del presidente de la FIFA fue simple: la gente debería "relajarse". Según Infantino, los problemas de visas corresponden a los gobiernos y no a la FIFA, mientras que los precios de las entradas reflejan simplemente la enorme demanda que existe por asistir al torneo.

La declaración habría pasado como una defensa corporativa más si no fuera porque ocurre en medio de una creciente evidencia de que el Mundial más grande de la historia también se está convirtiendo en el más inaccesible para los aficionados comunes.

Y ahí es donde comienza el problema.

Porque cuando Infantino habla de boletos, suele referirse a los precios oficiales anunciados por la FIFA. En papel, esos precios parecen relativamente razonables. La propia organización promovió durante meses que existirían entradas desde 60 dólares para algunos partidos de fase de grupos y categorías populares para residentes de los países anfitriones.

Sin embargo, la experiencia real de los aficionados fue muy distinta.

Lo que la FIFA rara vez menciona es que para el Mundial 2026 implementó mecanismos de precio variable o "dynamic pricing", un sistema que ajusta automáticamente el costo de las entradas según la demanda del mercado. En términos prácticos, esto significa que el precio anunciado funciona más como un punto de partida que como una garantía de acceso. Cuando la demanda aumenta, el sistema eleva automáticamente el valor de los boletos. Lo que originalmente podía aparecer como una entrada de 60 o 120 dólares termina costando varias veces más conforme se acerca la fecha del partido.

Los números ayudan a entender la magnitud del fenómeno.

Para el partido inaugural en el Estadio Azteca, los precios oficiales llegaron a ubicarse entre aproximadamente 370 y 1,825 dólares dependiendo de la zona del estadio. Es decir, incluso antes de entrar al mercado secundario, un boleto de categoría media para ver a México en la inauguración podía costar más de 14 mil pesos mexicanos al tipo de cambio actual.

Pero la historia no termina ahí.

Una vez liberados los mecanismos de reventa autorizados por la propia FIFA, los precios se dispararon todavía más. Investigaciones y reportes periodísticos documentaron entradas revendidas por encima de los mil dólares para partidos ordinarios de fase de grupos y varios miles de dólares para encuentros de alta demanda. Algunos boletos para fases finales llegaron a cotizarse en decenas de miles de dólares.

El resultado ha sido tan evidente que incluso comenzaron a aparecer espacios vacíos en algunos estadios del torneo.

Paradójicamente, mientras la FIFA presume haber vendido más de seis millones de boletos, partidos celebrados en ciudades con enorme tradición futbolera han mostrado secciones visiblemente desocupadas. Diversos analistas, autoridades locales y organizaciones de aficionados han señalado directamente a los precios como la principal explicación.

Por eso la respuesta de Infantino resulta tan problemática.

Porque técnicamente tiene razón cuando afirma que existen boletos baratos.

Lo que omite es que esos boletos suelen agotarse rápidamente, representan una proporción reducida de la oferta total y terminan siendo absorbidos por un sistema de precios dinámicos y reventa autorizada que eleva el costo real de acceso para la mayoría de los aficionados.

Es una diferencia importante.

No es lo mismo decir que existe un boleto de 60 dólares que decir que la mayoría de las personas podrán comprarlo.

Y esa diferencia es precisamente la que explica buena parte del malestar alrededor del Mundial.

Durante meses, gobiernos y organizadores insistieron en que se trataba de una Copa del Mundo organizada en casa. Se habló del orgullo nacional, de la fiesta popular y del regreso del torneo al Estadio Azteca. Pero conforme se acercó la inauguración, quedó claro que para millones de mexicanos la única forma realista de participar sería a través de una pantalla de televisión o de los Fan Fest instalados en espacios públicos.

La contradicción es difícil de ignorar.

La FIFA insiste en que el Mundial pertenece a todos.

Pero el modelo económico del torneo parece diseñado para maximizar ingresos más que para garantizar acceso.

Por eso resulta llamativo que mientras Infantino pide a los aficionados que se relajen, fiscales de estados como Nueva York y Nueva Jersey hayan abierto investigaciones sobre prácticas relacionadas con la venta y reventa de boletos mundialistas. Incluso en Estados Unidos, donde los precios elevados forman parte habitual del negocio deportivo profesional, comenzaron a surgir cuestionamientos sobre si la FIFA cruzó una línea.

Al final, la verdadera discusión no gira alrededor de cuánto cuesta una entrada.

La discusión es quién puede pagarla.

Porque una Copa del Mundo puede vender millones de boletos y al mismo tiempo excluir a una parte importante de la población del país anfitrión.

Y eso parece haber ocurrido en México.

Durante años se nos dijo que este sería el Mundial en casa.

Lo que estamos descubriendo es que una cosa es organizar la fiesta y otra muy distinta estar invitado a ella.

La FIFA puede pedir que todos se relajen.

Lo que no puede hacer es evitar la pregunta que cada vez más aficionados se hacen al observar los precios, las zonas VIP y las gradas parcialmente vacías: si el Mundial es realmente para todos, ¿por qué cada vez se parece más a un evento reservado para quienes pueden pagar cualquier precio?