Masticada diaria
Selección mexicana de fútbol nos recuerda que México es nación más allá de la cancha
México venció 1-0 a Corea del Sur el 18 de junio en el Estadio Guadalajara y se convirtió en la primera selección clasificada a la fase de eliminación directa del Mundial 2026. No fue una goleada, no fue un partido cómodo y tampoco fue una exhibición perfecta. Fue algo quizá más importante para una selección históricamente acostumbrada a vivir entre la ilusión y la sospecha: una victoria trabajada, sufrida y nacionalmente necesaria.
El gol lo hizo Luis Romo al minuto 50, aprovechando un error defensivo de Corea del Sur después de una mala comunicación entre el portero Kim Seung-gyu y su defensa. Romo no perdonó y empujó la pelota para poner a México arriba en un partido que hasta entonces había sido tenso, cerrado y por momentos incómodo para la afición mexicana.
La victoria dejó a México con seis puntos tras dos partidos, después del triunfo 2-0 ante Sudáfrica en la inauguración. Con ese resultado, la selección aseguró el liderato del Grupo A y jugará su primer partido de eliminación directa el 30 de junio en la Ciudad de México, sin depender de lo que ocurra en la última jornada frente a República Checa.
Pero más allá del resultado, el partido dejó una imagen poderosa: México ganó en casa, ante 45 mil 522 aficionados en Guadalajara, en una sede que también necesitaba reclamar su lugar dentro de este Mundial. Porque durante décadas, la historia mundialista mexicana ha estado concentrada simbólicamente en el Estadio Azteca. Esta vez, Guadalajara también apareció en el mapa emocional de la selección.
El equipo de Javier Aguirre no jugó un partido perfecto. De hecho, Corea del Sur empujó con fuerza en los minutos finales y obligó a Raúl Rangel a realizar una doble atajada decisiva para sostener el cero. Ahí también está parte de la lectura: México no ganó porque dominó todo el partido, sino porque supo resistir cuando el partido se volvió incómodo.
Y eso importa.
Porque esta selección llega al Mundial cargando una historia reciente pesada. En Qatar 2022, México quedó eliminado en fase de grupos por primera vez desde 1978. Aquello fue un golpe brutal para un país acostumbrado a avanzar, aunque casi siempre detenido en el mismo muro del quinto partido. Cuatro años después, en casa, México necesitaba algo más que jugar bien: necesitaba recuperar autoridad.
Con dos victorias en dos partidos, lo está haciendo.
Pero tampoco conviene caer en la euforia fácil. Esta selección ya cumplió el primer objetivo, pero el verdadero examen empieza ahora. México no organizó este Mundial solamente para superar la fase de grupos. Lo organizó para intentar romper una historia de frustraciones, para disputar algo más que una clasificación y para demostrar que jugar en casa puede ser una ventaja deportiva, no solamente una oportunidad comercial para FIFA.
Ahí aparece la parte más chiclosa del asunto.
Mientras durante semanas discutimos boletos imposibles, exenciones fiscales, protestas sociales, madres buscadoras y una FIFA que convierte el futbol en negocio global, la selección mexicana recordó algo simple pero poderoso: todavía existe una dimensión popular del futbol que no le pertenece a los patrocinadores. La emoción de ver ganar a México no cabe en un palco VIP. No se puede reducir a una zona hospitality. No depende del precio dinámico de un boleto.
Porque cuando Romo empuja esa pelota y Rangel salva el empate, lo que aparece no es la FIFA. Aparece el país.
Un país contradictorio, desigual, molesto, ilusionado, crítico, pero todavía capaz de reconocerse durante noventa minutos en una camiseta verde.
México ganó. México avanzó. México jugará eliminación directa en casa.
Ahora falta lo más difícil: que esta selección demuestre que el Mundial no solo volvió a México para que otros hicieran negocio, sino para que el futbol mexicano también se atreva a escribir una historia distinta.
Prohibirán redes sociales para menores de 16 años en Reino Unido, ¿México para cuándo?
El gobierno británico anunció una de las regulaciones digitales más ambiciosas de los últimos años: prohibirá que menores de 16 años tengan acceso a las principales redes sociales a partir de la primavera de 2027. La medida, impulsada por el primer ministro británico Keir Starmer, afectará plataformas como TikTok, Instagram, Facebook, Snapchat, YouTube y X, y convertirá al Reino Unido en uno de los países con las restricciones más severas del mundo sobre el acceso de menores a redes sociales.
La decisión llega después de años de debate sobre el impacto de las redes sociales en la salud mental de niños y adolescentes. El gobierno británico argumenta que las plataformas han fracasado en proteger adecuadamente a los menores frente a contenidos dañinos, algoritmos adictivos, acoso digital, pornografía, autolesiones y mecanismos diseñados para maximizar el tiempo de permanencia en pantalla. Starmer presentó la medida como una forma de "devolverles la infancia a los niños".
Pero detrás del anuncio existe una discusión mucho más profunda sobre el futuro de internet.
La prohibición utilizará un modelo similar al aprobado previamente en Australia. Las empresas tecnológicas deberán implementar sistemas de verificación de edad para impedir que menores de 16 años abran o mantengan cuentas en plataformas consideradas de alto riesgo. Además, el gobierno británico anunció restricciones adicionales sobre transmisiones en vivo, contacto entre menores y desconocidos, y posibles límites al uso nocturno de aplicaciones y al llamado "scroll infinito" para adolescentes mayores de 16 años.
Los defensores de la medida sostienen que se trata de una política de salud pública comparable a las restricciones sobre el tabaco, el alcohol o los cinturones de seguridad. Diversos especialistas en salud mental infantil han documentado vínculos entre el uso intensivo de redes sociales y problemas como ansiedad, depresión, trastornos alimenticios, aislamiento social y exposición a contenidos dañinos. Para muchos padres británicos, el anuncio representa una respuesta tardía pero necesaria frente a un problema que consideran fuera de control. De hecho, encuestas realizadas durante la consulta pública mostraron niveles de apoyo superiores al 75% entre padres y madres de familia.
Sin embargo, los críticos advierten que la medida podría resolver un problema creando otros nuevos.
Las principales plataformas tecnológicas reaccionaron casi de inmediato. Empresas como Meta, YouTube y Snapchat argumentan que una prohibición generalizada puede terminar empujando a los adolescentes hacia espacios menos regulados y potencialmente más peligrosos. También señalan que muchas de las herramientas educativas, culturales y de participación cívica que utilizan los jóvenes hoy dependen precisamente de las redes sociales.
Y aquí aparece una pregunta particularmente interesante desde una perspectiva chiclosa.
¿Estamos frente a una regulación que limita el poder de las grandes tecnológicas o frente a una regulación que en realidad las fortalece?
Diversos expertos en privacidad han advertido que para hacer cumplir la prohibición será necesario desplegar sistemas masivos de verificación de edad. Eso implica recopilar más datos biométricos, documentos de identidad y mecanismos de seguimiento digital. Paradójicamente, una medida diseñada para proteger a los menores podría terminar otorgando a las grandes plataformas todavía más información sobre sus usuarios. Además, las empresas más pequeñas podrían tener dificultades para costear estos sistemas, consolidando aún más el dominio de gigantes como Meta, Google o TikTok.
La discusión también tiene una dimensión generacional.
Por primera vez en la historia moderna, una generación de adultos está planteando seriamente restringir una tecnología que considera dañina para los jóvenes, aun cuando esa misma tecnología constituye una parte central de la vida cotidiana de esos jóvenes. Algo similar ocurrió con la televisión en décadas anteriores, pero con una diferencia importante: las redes sociales no son únicamente entretenimiento. También son espacios de socialización, organización política, aprendizaje y construcción de identidad.
Eso explica por qué muchos adolescentes británicos se han mostrado más escépticos que sus padres respecto a la prohibición. Algunos reconocen los riesgos de las redes sociales, pero cuestionan que la solución sea expulsarlos completamente de esos espacios digitales.
La medida también reabre una discusión que tarde o temprano llegará a México.
Nuestro país enfrenta problemas similares relacionados con salud mental, ciberacoso, desinformación y exposición temprana a contenidos nocivos. Sin embargo, hasta ahora la conversación pública se ha centrado principalmente en la regulación de teléfonos móviles en escuelas y no en una restricción amplia sobre redes sociales.
La pregunta es inevitable: si las plataformas están diseñadas para captar atención mediante algoritmos cada vez más sofisticados, ¿deberíamos tratarlas como un simple producto tecnológico o como un asunto de salud pública?
El Reino Unido ha decidido responder con una de las regulaciones más agresivas del mundo democrático.
Queda por ver si la prohibición consigue realmente proteger a los menores o si termina demostrando que el problema no era únicamente la presencia de los jóvenes en las redes, sino el modelo de negocio de las propias plataformas.
Porque quizá la pregunta de fondo no sea si los menores deberían estar en TikTok o Instagram.
Quizá la pregunta sea por qué construimos un ecosistema digital que ni siquiera los adultos parecen capaces de controlar.
Trabajo en México: estresado, exceso de horas de trabajo y sin mejores sueldos
México volvió a aparecer en una de esas estadísticas que ningún país quisiera encabezar. De acuerdo con datos difundidos esta semana por El Economista, el país se ubica como el tercero con mayores niveles de estrés laboral del mundo, por encima de economías como China y Tailandia. La cifra más alarmante es que alrededor del 75% de los trabajadores mexicanos experimenta niveles elevados de estrés laboral y aproximadamente uno de cada cuatro ya presenta cuadros crónicos asociados al burnout o agotamiento profesional.
La noticia podría parecer una más dentro de la larga lista de problemas laborales que enfrenta el país. Sin embargo, detrás de ella existe una pregunta mucho más profunda sobre el modelo económico mexicano.
Porque si algo distingue a México en comparación con otras economías desarrolladas y emergentes es una paradoja difícil de explicar: trabajamos más horas que casi todos, pero eso no se traduce en mejores condiciones de vida para la mayoría de la población.
Durante años, la narrativa dominante sostuvo que el crecimiento económico, la apertura comercial y la competitividad terminarían generando prosperidad. La promesa era sencilla: si México se convertía en una potencia manufacturera y exportadora, eventualmente los beneficios llegarían a los trabajadores. Décadas después, el país exporta más que nunca, forma parte de algunas de las cadenas productivas más importantes del mundo y es uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos. Sin embargo, sus trabajadores siguen figurando entre los más estresados y entre los que más horas laboran.
La contradicción no es menor.
Según diversos estudios citados por especialistas en capital humano, el estrés laboral en México está asociado a una combinación de largas jornadas, bajos niveles de control sobre el trabajo, presión por resultados, incertidumbre económica y dificultades para conciliar la vida laboral y personal. A ello se suman factores urbanos como los largos traslados, particularmente en ciudades como Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara, donde millones de personas dedican varias horas diarias simplemente a llegar y regresar de sus centros de trabajo.
En otras palabras, el problema no es únicamente cuánto se trabaja.
Es cómo se trabaja.
Y para qué se trabaja.
Durante décadas, México construyó una parte importante de su ventaja competitiva internacional sobre la base de salarios relativamente bajos y una enorme disponibilidad de mano de obra. Esa estrategia permitió atraer inversión, desarrollar sectores industriales y fortalecer las exportaciones. Pero también generó una cultura laboral donde las largas jornadas se normalizaron y donde la productividad suele medirse por horas de presencia más que por resultados efectivos.
Los datos ayudan a dimensionar el problema. México se mantiene entre los países donde más horas se trabajan cada año dentro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Sin embargo, continúa rezagado en productividad laboral frente a buena parte de las economías desarrolladas. Dicho de otra manera: trabajamos mucho, pero no necesariamente producimos más valor por hora trabajada.
Y eso tiene consecuencias.
El estrés laboral ya no es solamente un problema de bienestar individual. Se ha convertido en un problema económico. Diversas estimaciones señalan que las empresas mexicanas pierden miles de millones de dólares cada año por ausentismo, rotación de personal, incapacidades médicas, agotamiento y disminución de la productividad asociados al estrés. Lo que parecía un problema privado termina teniendo costos colectivos para toda la economía.
La situación resulta especialmente preocupante entre millennials y centennials. Estudios recientes muestran que más de la mitad de los trabajadores jóvenes reporta un aumento significativo en sus niveles de estrés durante el último año. Son generaciones que llegaron al mercado laboral enfrentando salarios estancados, dificultades para acceder a vivienda, altos niveles de endeudamiento y una creciente incertidumbre sobre su futuro económico.
Por eso el debate sobre la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales adquiere una relevancia que va mucho más allá de una discusión sindical.
Lo que está en juego es una pregunta fundamental sobre el tipo de desarrollo que México quiere construir.
Porque si después de tres décadas de apertura comercial, integración económica y crecimiento exportador seguimos figurando entre los países más estresados del planeta, quizá el problema no sea únicamente la cantidad de trabajo.
Quizá el problema sea un modelo económico que ha logrado aumentar la producción sin garantizar proporcionalmente bienestar.
Desde una perspectiva chiclosa, la noticia no debería leerse como una simple estadística de recursos humanos.
Debería entenderse como un síntoma.
Un síntoma de un país donde millones de personas trabajan jornadas extensas, enfrentan largos traslados, viven bajo presión constante y aun así sienten que cada año es más difícil alcanzar estabilidad económica.
México no se convirtió en el tercer país con más estrés laboral porque los mexicanos sean menos resilientes que los chinos o los tailandeses.
México llegó ahí porque durante demasiado tiempo confundimos sacrificio con desarrollo y horas trabajadas con progreso.
Y quizá la verdadera pregunta no sea por qué estamos tan estresados.
La verdadera pregunta es por qué seguimos aceptando un modelo donde trabajar más no necesariamente significa vivir mejor.


